Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre.
Salmo 125:2

 
El Salmo 125 fue escrito después de que los israelitas regresaban al cautiverio babilónico. La promesa del retorno finalmente se había cumplido. Los expatriados de nuevo se encontraban en Jerusalén. Aproximadamente unos 55,000 israelitas habían hecho el viaje de regreso a través de las arenas del desierto.

Pero en sus corazones había sentimientos encontrados, por un lado sentían un gozo muy grande al estar en casa. Sus pies ya no estaban en territorio enemigo. Ahora estaban en su propia tierra, en su posesión, en la tierra de Jehová les había entregado. Pese a ello, no obstante, la tristeza llenaba sus corazones. Sus ojos contemplaban las ruinas por todos lados: paredes derribadas, el templo destruido, ni una sola casa de pie, confusión por todas partes. Además, allí se encontraban los enemigos samaritanos. Una multitud de obstáculos hacían difícil la tarea de la reconstrucción y la reorganización. Era una tarea gigantesca y ellos se sentían incapaces e indefensos.

Probablemente, un día, el autor de este salmo se encontraba en medio de la ciudad, y, al contemplar la desolación por todos lados, sintió inseguridad y falta de protección. Pero al levantar sus ojos un poco más arriba de la tragedia que tenía delante, contempló los altos montes que se levantan como centinelas alrededor de Jerusalén. Entonces brilló en su mente el pensamiento de que la única seguridad para el hombre, en cualquier lugar, se encuentra en Dios. De los montes que rodean a Jerusalén tomó la inspiración para su cántico: «Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo»  (Sal. 125:2).

Dios, a través de sus ángeles, permanece alrededor de su pueblo (Sal. 34:7), del mismo modo que los montes alrededor de Jerusalén. Satanás reconoce que los hijos de Dios disfrutan de su protección especial. Cuando Dios le presentó a Job como un varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, Satanás dijo que eso se debía a que Dios lo había «cercado de protección» (Job 1:10).

Dios también te rodea a ti para que el enemigo no te toque ni dañe tu vida. Con la protección del Dios poderoso el número de tus batallas será igual al número de tus victorias. Sería bueno que hoy recordaras las palabras de Martín Lutero: «Castillo fuerte es mi Dios, defensa y buen escudo. Con su poder nos librará de este trance agudo».


Juan O. Perla
Meditaciones Matinales para Adultos, 2009

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