Cursos Bíblicos: Siete verdades que recordar al enfrentar gigantes – 1-02

Siete Verdades que Recordar Al Enfrentar Gigantes 1Samuel17

¿Recuerda usted la primera vez que le contaron la historia de David y el gigante —y cuán emocionante fue? Tal vez la haya oído tantas veces, que ya no le causa la misma impresión. Para apreciar esta lección, simule que está oyendo la historia por primera vez. ¿Puede hacerlo? ¡Estupendo! Estudiemos una de las más emocionantes aventuras que se narran en la Biblia.1 El comienzo de 1o Samuel 17 halla a los israelitas en guerra, pues dice que «los filisteos juntaron sus ejércitos para la guerra» (vers. 1). Los filisteos habían venido de islas del Mar Mediterráneo a Palestina, y habían fundado ciudades a lo largo de la costa. Constituían un constante tormento para los israelitas. Ahora habían venido a pelear contra estos.2

En los versículos 1 al 3 se ambienta la escena: El rey Saúl y su ejército estaban puestos en orden de batalla sobre un monte; mientras que los filisteos se habían juntado sobre otro monte al otro lado del valle. En medio de ellos estaba el valle de Ela. 3 Todas las mañanas, los dos ejércitos se ceñían sus armaduras, daban un gran grito de combate (17.20–21) y se lanzaban insultos el uno al otro; pero ninguno de los dos daba el primer paso. Por último, de entre los filisteos salió un gigante, una imponente figura de enorme presencia física: «Salió entonces del campamento de los filisteos un paladín, el cual se llamaba Goliat, de Gat, y tenía de altura seis codos y un palmo» (17.4). ¡Esto equivale a una estatura de aproximadamente dos metros noventa centímetros!4 Suponiendo que Goliat era proporcionado como la mayoría de los hombres lo son, ¡él habría pesado de 275 a 365 kilogramos!5 Estamos hablando de más de 275 kilogramos de músculo; no de grasa. Había sido soldado desde su juventud (17.33). Era un veterano endurecido por la lucha.

Llevaba puesta una armadura completa, que incluía un casco.6 ¡Su «cota de malla»7 pesaba de sesenta a setenta kilogramos!8 Llevaba una lanza en su mano, y una jabalina9 de repuesto que colgaba sobre la espalda. ¡El asta de su lanza era como un rodillo de telar, y el hierro de su lanza pesaba de siete a nueve kilogramos!10 (No tenía que lanzársela a nadie; ¡bastaba con que la dejara caer sobre la cabeza del oponente!). Su escudo era tan grande, que otro soldado tenía que llevarlo delante de él. Entró dando fuertes pisotones en  el  valle   de Ela, y dio voces diciendo: «¡Enviad a vuestro paladín, y resolveremos esto a golpes!». Este fue el desafío que lanzó: «Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis» (17.9). A esto se le llamaba «desafío al combate singular», y se le reconocía como una legítima manera de resolver disputas militares. No es una mala idea. La próxima vez que la guerra entre dos países parezca inevitable, ¡los dos dirigentes podrían resolver el conflicto a golpes, y así mantener al margen de este al resto de todos nosotros!

El versículo once dice: «Oyendo Saúl y todo Israel  estas  palabras  del  filisteo,  se  turbaron  y tuvieron gran miedo». El versículo 16 hace  notar:

«Venía, pues, aquel filisteo por la mañana y por la tarde, y así lo hizo durante cuarenta días». Goliat había llegado al valle de Ela dos veces al día durante cuarenta días, a lanzar su desafío; esto suma un total de ochenta veces. Estaba a punto de lanzar su desafío por octogésimo primera vez.

Debía de haber causado miedo el enfrentar a un gigante de casi tres metros… Sin embargo todos nosotros tenemos gigantes en nuestras vidas: problemas que se ciernen amenazadoramente sobre nosotros, y a los cuales tenemos que hacerles frente, y resolverlos si es que hemos de seguir adelante con nuestras vidas. Puede que tengamos una contienda judicial, una lucha con un patrón, un mal hábito, una tentación avasalladora, o alguna relación tirante que hemos estado tratando de mejorar. Puede que tenga que ver con personas o con presiones de la vida; es causa de ansiedades y temores. Si usted todavía no ha tenido que hacerle frente a un gigante en su vida, ¡le aseguro que tarde o temprano tendrá que hacerlo!

Lo que para mí es un gigante, puede que a usted no le parezca así, pero esto no hace que deje de serlo. Lo que para usted es un gigante, puede que a mí no me parezca así, pero es, sin embargo, muy real. Cada uno de nosotros sostiene combate con sus propias tentaciones especiales —gigantes que enfrentamos todos los días de nuestra vida, ¡y que son muy reales! Nunca subestime los gigantes con los cuales pueden estar luchando los  demás.

Todos enfrentamos nuestros propios gigantes, desafíos que se ciernen amenazadoramente sobre nosotros, problemas que nos debilitan las rodillas. La pregunta es esta: «¿Cómo podemos derrotar los Goliats de la vida?» En 1o Samuel 17 encontramos siete verdades que recordar al enfrentar gigantes, siete verdades que nos pueden ayudar a obtener la victoria.

1. LOS GIGANTES APARECEN CUANDO UNO MENOS LOS ESPERA (17.12–15,17–23)

Cuando David estaba en su casa en Belén, sus tres hermanos mayores estaban en el ejército de Israel. Habían ido con Saúl a pelear con los filisteos. La costumbre era que los hijos mayores fueran a la guerra, mientras que los menores se quedaban en casa y hacían las tareas. David, por supuesto, era el benjamín de la familia, el menor de diez hijos. Es probable que fuera un adolescente, que todavía no hubiera cumplido los veinte años.11 Pasaba la mayor parte del tiempo en los campos de pastoreo. De vez en cuando iba al palacio de Saúl a tocar el arpa para el rey (17.15),12 pero su trabajo cotidiano era cuidar de las ovejas.

Un día Isaí le dijo a David: «Tus hermanos tienen cuarenta días de haberse ido, y no sé qué les haya ocurrido. Quiero que vayas y veas cómo están. Llévales estas provisiones; y trae noticias de ellos». Belén se encontraba a tan solo 24 kilómetros, pero ya había pasado más de un mes que la familia no sabía nada de los hermanos. La frase «toma prendas de ellos» (17.18) puede referirse a algo tangible que David había de traer como prueba de que estaban bien. «Se levantó, pues, David de mañana, y dejando las ovejas al cuidado de un guarda, se fue con su carga como Isaí le había mandado» (17.20).

Cuando David se dirigía hacia el valle de Ela, estoy seguro de que en lo que menos estaba pensando era en pelear contra un gigante. Esa mañana había amanecido como cualquier otra. No hay duda de que David estaba emocionado —no era para menos, pues iba a ver a sus hermanos, y a ver también la batalla— pero no tenía premonición alguna de lo que le esperaba, no tenía idea de que se enfrentaría con un gigante.

Los días cuando los gigantes aparecen en la vida de uno comienzan como cualquier otro día. Uno se levanta; lleva a cabo las acciones de rutina; puede que sea un buen día, o que no sea un día tan bueno, pero es como la gran mayoría de los días de la vida de uno. Luego llega una carta por correo… o llega un telegrama… o el teléfono suena… o alguien pasa a vernos. Tal vez el patrón lo llama a uno a su oficina… o uno hace una consulta de rutina al doctor para tratar algún problema de salud que le ha estado molestando insistentemente, pero que considera insignificante… o su cónyuge le dice a uno: «Tenemos que hablar». De repente, el gigante se cierne amenazador.

Cuando David llegó al valle de Ela, él dejó las provisiones en mano del encargado y fue a ver cómo estaban sus hermanos. Cuando hablaba con ellos, «he aquí que aquel paladín que se ponía en medio de los dos campamentos, que se llamaba Goliat, el filisteo de Gat, salió de entre las filas de los filisteos y habló las mismas palabras» (17.23). Estas palabras se  encuentran en  el  versículo 10:

«Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo». Imagínese usted el sarcasmo que había en la voz de Goliat:

«¡Ya llevo cuarenta días de estar aquí! ¡Ya son ochenta y uno veces que he lanzado este   desafío! ¿Acaso no hay en todo Israel uno que tenga la suficiente valentía de enfrentarse conmigo?».

El versículo 23 hace notar: «Oyó David [las palabras que Goliat habló]». No podía pasar   por alto el hecho de que un gigante se le había presentado en su vida. Tome nota de esto: Tarde o temprano, usted tendrá que enfrentar su  gigante.

2. UNO PUEDE ENFRENTAR GIGANTES CON FE O CON TEMOR (17.24–27)

El texto que estamos estudiando contrasta el temor de los soldados con la fe de David. El versículo 11 hace notar: «Oyendo Saúl y todo Israel estas palabras del filisteo, se turbaron y tuvieron gran miedo». El versículo 24 dice: «Y todos los varones de Israel que veían aquel hombre huían de su presencia, y tenían gran temor».

Cuando David hablaba  con  sus  hermanos, el gigante salió y lanzó su desafío. ¡David no daba crédito a sus oídos! «¿Oyeron lo que ese filisteo dijo?». Ninguno contestó. David miró a su alrededor, y vio que lo habían dejado solo. ¡Todos se retiraron unos quince metros a un lugar seguro!

«Y todos los varones de Israel que veían aquel [gigante] huían de su presencia, y tenían gran temor.» (Énfasis nuestro.)

Cuando David llegó donde las tropas se refugiaban medrosas, los soldados hablaban de la situación. En vista de que ninguno se ofrecía como voluntario para pelear contra el gigante, Saúl le puso atractivo a la idea. Les dijo: «Al que matare a este filisteo, lo haré rico. Le daré mi hija por esposa,13 y la casa de su padre será libre», es decir, será eximida de tributos y de servicio  público.

Hagamos una pausa para plantear la siguiente pregunta: De todos los soldados que estaban en orden de batalla del lado israelita, ¿cuál era el que lógicamente debía pelear contra el gigante? ¿Cuál de ellos era desde los hombros arriba más alto que todo el pueblo —el que estaba más cerca de la estatura del gigante? Este no era otro que Saúl mismo14 —pero Saúl tenía miedo,15 y por esta razón presentó a sus hombres estos incentivos.

Yo creo que David ni siquiera prestó atención a estos atractivos ofrecimientos. Lo que a él le molestaba era que el nombre de Dios había sido blasfemado. David no estaba interesado en galardones; sino que le preocupaba la honra de Dios. Note las palabras que dice al final del versículo 26: «¿Quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?». (Énfasis nuestro.)

¡Todos deberíamos tener un corazón como el de David! Oímos que día tras día se blasfema el nombre de Dios —y nosotros como si nada. Nos endurecemos y no le damos importancia. ¡David, en cambio, se enfureció! Estaban insultando al Dios viviente. «¡¿Acaso no hay quien haga algo al respecto?!».

Cuando los gigantes entran en nuestras vidas, podemos tener miedo, o podemos enfrentarlos con fe en Dios. Podemos dejar que nos avasallen, o podemos verlos como oportunidades para glorificar el nombre de Dios.

3. SIEMPRE HABRÁ QUIEN ESTÉ PRESTO A HACERLO DESISTIR A UNO (17.28–33)

A uno le parece que cuando alguien tiene problemas, todos los demás que le rodean le darán apoyo, le ayudarán y lo fortalecerán —pero no sucede así. En lugar de ello siempre habrá alguien que estará presto a decir: «No, no puedes hacer eso. No sabes lo que hay que ponerle. Es mejor que te rindas».

Cuando llegó el momento de pelear contra el gigante, el padre de David ya había dicho: «Eres muy joven». Isaí envió a los hijos mayores al ejército; a David no lo envió.

Ahora el hermano de David decía: «Eres muy inmaduro».

Y oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá?16 ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido (17.28).

Tenga presente quién era Eliab. Fue el primero que entró en la casa cuando Samuel estaba allí para ungir al futuro rey. Samuel había pensado: «¡Ese es el escogido!», pero Dios puso Su mano en el hombro de Samuel y le dijo: «No, ese no es. Yo no veo como el hombre ve. Yo veo el corazón».17 Entonces Eliab tuvo que hacerse a un lado y observar cómo el cuerno de aceite fue derramado sobre la cabeza de su hermano menor, David. Los celos se lo estaban comiendo. Se burló de los motivos de David, de su trabajo y de lo que había en su  corazón.

La respuesta lógica de David habría sido enredarse en una pelea con su hermano. ¿Tiene usted hermanos? ¿Alguna vez armó un escándalo con ellos? Si David hubiera sido como nosotros, es probable que se hubiera enredado en un pleito a puñetazo limpio con Eliab. Así sucede a menudo cuando enfrentamos gigantes. En lugar de usar nuestras energías para pelear contra los gigantes, peleamos contra las personas. Perdemos el gozo y nos ponemos negativos, de tal modo que la emprendemos con los  inocentes que nos rodean, usando la energía que debería emplearse para derrotar nuestros gigantes.

David, en  cambio, rehusó dejarse distraer  en una prolongada pelea con su hermano. Esto fue lo que en efecto dijo: «¿Por qué hablas así? Nada malo he hecho».18 Después se volvió y le habló a otro. Él no iba a pelear dentro del campamento mientras allá abajo en el valle hubiera un  gigante.19

Las averiguaciones de David llegaron a oídos de Saúl, y Saúl lo hizo venir. David le dijo al   rey:

«No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo» (17.32). Ahora era Saúl el que trataba de hacer que David desistiera. Le dijo: «No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud» (17.33).20 «¿Qué vas a saber tú de guerra? Solo eres un joven que ha estado cuidando de ovejas. Este gigante, en cambio, ha estado preparándose para este momento desde que era muchacho. No puedes ir, te falta mucha experiencia». Todo mundo trató de impedirle a este joven que peleara contra Goliat. Un poco más adelante, hasta el mismo gigante le dijo: «¡Eres muy pequeño!

¡Eres muy débil! ¡No estás bien pertrechado!»(vea 17.42–43).

Cuando uno se enfrenta con su gigante, oye palabras de desánimo. Puede que provengan de la familia de uno (como en el caso de David, a quien desanimaron su padre y uno de sus hermanos). Puede que provengan de alguien que uno consideraba un amigo (recuerde que ya David tocaba el arpa para Saúl de vez en cuando). Puede que provengan de alguien que no nos quiere (alguien como Goliat). Cuente con que así será; que vendrán, vendrán. Prepare su corazón para ellas y no se sorprenda si la gente le dice: «¡No puedes hacerlo!».

4. UNO DEBE PREPARARSE ANTES DE HACERLES FRENTE A SUS GIGANTES (17.34–37)

Si usted es de los que se dicen: «Voy a esperar a que el problema se  suscite,  y  entonces  le haré frente», es probable que acabe como Goliat: tumbado de espaldas al suelo. Uno debe prepararse antes de enfrentarse con sus gigantes.

David se había preparado para hacerle frente a Goliat; y lo hizo, primero, enfrentando leones y osos, cuando cuidaba de las ovejas. Cuando Saúl trató de hacer desistir a David, éste  respondió:

Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y lo mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha  provocado al ejército del Dios viviente (17.34–36).

No fue en el campo de batalla que David se preparó para enfrentar a Goliat; fue, más bien, en los campos de pastoreo aledaños a su aldea. No estaba obligado a hacerles frente a los leones ni a los osos. Si hubiera huido, nadie se hubiera dado cuenta, excepto las ovejas —y estas no se lo hubieran dicho a nadie. No estaba recibiendo una «prima de peligrosidad» para hacerles frente a estas feroces criaturas. No estaban poniendo su fotografía en las noticias  de  las  diez,  para  ser  señalado  como el «héroe del día». ¡Las ovejas ni siquiera le daban las gracias (las ovejas son mezquinas con los elogios)! Hacerles frente a leones y a osos era parte de las tareas que incluía el trabajo de pastor —y David estaba cumpliendo con tales tareas.

La preparación para hacerle frente a los retos de la vida debe provenir de dentro de nosotros. Uno se prepara para los grandes gigantes de la vida por medio de hacerles frente primero a los pequeños gigantes. No es haciendo caso omiso de los problemas pequeños de su vida que uno se prepara para los problemas grandes, sino que es por medio de hacerles frente a aquellos de un modo directo y con la ayuda de  Dios.

La preparación más importante que David tuvo para hacerle frente a Goliat fue el cultivo de su relación con Dios. Cuando él habló de matar leones y osos, note a quién le reconoció el mérito de haberlo hecho: «Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo» (17.37a;  énfasis  nuestro).  ¡David  creía  en  Dios!

«Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1era  Juan 5.4).

¿Cómo llegó a tener este adolescente la fe en Dios que los hombres del ejército de Saúl no tenían? Él llegó a tener su fe del mismo modo que sus hermanos y Saúl podían haber llegado a tener la suya, del mismo modo que cada uno de nosotros puede aumentar su fe. Meditaba en Dios y en la Palabra de Dios21 —y en todas las victorias que Dios le había dado.

El problema de  nosotros  es  que recordamos lo que deberíamos olvidar y olvidamos lo que deberíamos recordar. Recordamos nuestros fracasos del pasado y olvidamos las victorias que Dios nos ha dado. C. H. Spurgeon hizo notar: «Anotamos nuestros beneficios en el polvo y nuestras heridas en el mármol… Anotamos nuestras aflicciones en bronce, mientras que los recuerdos de las veces que Dios nos ha librado están escritos en agua».22 Si en lugar de pensar en nuestras derrotas del pasado, pensáramos en la forma como Dios nos ha ayudado constantemente para hacerles frente a nuestros problemas, estaremos preparados para cuando los gigantes entren sin ser invitados en nuestras vidas.

5. PREPÁRESE DE LA MEJOR MANERA QUE PUEDA Y DESPUÉS DEPENDA DE DIOS (17.37–47)

Saúl debió de haber estado desesperado; no se me ocurre ninguna otra razón por la que le encargó la tarea de pelear contra un gigante a un muchacho.23 Le dijo Saúl a David: «Ve, y Jehová esté contigo» (17.37b). ¿No es irónico que el rey conocía el lenguaje de fe,24 pero no la vida de fe? Si Saúl realmente hubiera creído que el Señor iba a estar con David, y que iba a darle la victoria, ¡él mismo habría estado en el campo de  batalla!

Es inevitable que nos impresione la confianza con que David se conducía, en contraste con la falta de confianza que había en todos los que le rodeaban. David estaba confiado debido, por lo menos, a tres razones. Estaba confiado debido, en primer lugar, a su preparación.25 Esto es lo que se insinúa en 17.38– 39.

Estos versículos se refieren a una escena cómica en la que Saúl viste con su armadura a David. No tengo idea de la razón por la que Saúl deseaba que David se vistiera de su armadura. Puede ser que Saúl esperaba que se le reconociera su participación (como el que dice: «Le disparó a ese oso con mi escopeta»). Por la razón que fuera,26 lo cierto es que a David se le puso la armadura —con casco, espada y demás accesorios. Después, el texto dice que David «probó a andar» (17.39a; énfasis nuestro).27

¡Imagínese a David, que usaba la medida 34 regular, poniéndose la medida 48 grande de Saúl! ¡No podía caminar, mucho menos combatir! David se quitó la armadura y dijo: «Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué» (17.39b).

En otras palabras, dijo: «Me quedo con lo que sé». Confiaba en lo que sabía que podía hacer, en lo que había resistido la prueba para él en el pasado.

¿Qué era eso? Sabía que podía hacer girar una honda y lanzar una piedra con ella. Tenía confianza en su preparación.

Lo anterior insinúa una segunda razón para estar seguro, y esta era que confiaba en sus armas. No tenía una de sus más formidables armas: su vara28 —la robusta vara con la cual mataba leones y osos (17.35).29 Lo que sí tenía, en cambio, era su honda (17.40).

Puede que usted conozca la honda que se hace con una rama bifurcada. Cuando yo era niño, nosotros la hacíamos con un trozo de esa clase  de rama, dos tiras de caucho que se hacían cortando la cámara de aire de un neumático, y la lengüeta de cuero de un zapato viejo. Esta no fue la honda que David tomó «en su mano». La honda de David era un trozo de cuero que se doblaba a modo de receptáculo, de cuyos dos extremos se ataban sendas tiras de cuero. Para el lanzamiento, se ponía una piedra en el receptáculo, se tomaban ambas tiras juntas con una mano, se hacía girar el receptáculo y se soltaba una de las tiras. Cuando yo era joven, varias veces hice una honda de la lengüeta y los cordones de un zapato y probé a lanzar proyectiles con ella. Ponía una piedra pequeña en la lengüeta, hacía girar la honda sobre mi cabeza y soltaba uno de los extremos. La piedra volaba hacia el blanco… A menos que volara en otra dirección. Rompí tantas cosas que mi madre por fin me obligó a dejar de hacerlas. De todas las armas que se han inventado esta debe de ser la que menos se deja dominar.

Sin embargo, aunque no parece así, había quienes alcanzaban gran precisión con este impredecible instrumento. Jueces 20.15–16 habla de setecientos benjamitas zurdos, ¡«todos los cuales tiraban una piedra con la honda a un cabello, y no erraban»! Una vez que Roy Osburne se encontraba de visita en Palestina,30 vio a un joven pastor de cabras, sentado a la sombra, sobre la pendiente de una colina. Sus cabras estaban desparramadas en un radio de unos 90 metros. El muchacho estaba cuidando del rebaño con su honda. Si una cabra se empezaba a alejar, el joven tiraba una piedra enfrente del animal para hacerla volver al rebaño, asustándola. Roy se acercó al pastor, le señaló una higuera que se encontraba a cierta distancia, y le pidió que la usara a modo de blanco. El muchacho puso una piedra en su honda, la hizo girar cada vez más rápidamente hasta que se hizo borrosa, por último soltó uno de los extremos, y la piedra se hundió en el centro del tronco.

David, aparentemente, había adquirido ese nivel de destreza. «Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas31 del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía» (17.40a). David bajó la pendiente con un cayado en su mano —que no era un arma, sino el cayado que usaba para caminar. Cuando llegó al arroyo que estaba en medio del valle, escogió cinco piedras lisas. Note que las escogió; no se limitó a tomar las primeras cinco piedras que estuvieran a mano. Recogió una piedra, y pensó: «No, esta no servirá». La  tiró a  un  lado. Tomó otra, y pensó:

«Puede que esta sirva». La retuvo mientras buscó otras  que  pudieran  servir.  Con  sumo  cuidado escogió una, dos, tres, cuatro, cinco piedras que eran exactamente lo que necesitaba. Llevaba el pequeño saco pastoril consigo, que por lo general le servía para llevar su almuerzo, pero en el cual puso esta vez cinco piedras; y estuvo preparado para enfrentar al gigante.

Mientras los ojos de los soldados de dos ejércitos estaban fijos en este muchacho que había bajado al lecho del río a recoger piedras,32 ¿puede usted imaginarse las apuestas que se estaban haciendo sobre esta contienda? Mientras él marchaba hacia el gigante, ¿de qué lado cree usted que estaba el dinero de la gente que entendía de  apuestas?

Por supuesto, cuando David marchó hacia adelante con confianza, no lo hizo solamente por su preparación y por sus armas. Su confianza se debía primordialmente al Dios en quien la había depositado, y de quien dependía.

Los versículos 40 y 41 trazan un marcado contraste entre los dos combatientes: «Tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo. Y el filisteo venía andando y acercándose a David, y su escudero delante de él». Del oeste venía el gran paladín vestido de su armadura, con su enorme lanza engalanada con plumas, con su casco de bronce resplandeciendo a la luz del sol. Y del este venía, en cambio, un joven pequeño, de mejillas sonrosadas, vestido de túnica y calzando sandalias, con una honda de pelo de  cabra. 33Cuando el gigante vio a David, le ofendió lo que vio.

Y cuando el filisteo miró y vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho, y rubio, y de hermoso  parecer.  Y  dijo  el  filisteo  a David:

¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos? Y maldijo a David por sus dioses  (17.42–43).

Cuando  Goliat  maldijo  a  David  por  sus dioses —Dagón, Baal y el resto de ellos— él cometió un grave error. ¡Convirtió un enfrentamiento militar en  una  confrontación teológica!  Ahora iba  a  ser «Dios contra los dioses» (con «d» minúscula). Goliat trató de intimidar a David,  diciéndole:

«Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo» (17.44).34 A nosotros nos intimidan  los  desafíos  que  se  nos  presentan, ¿verdad que sí? Por lo general podríamos hacerles frente a nuestros gigantes si tan solo pudiéramos lograr que nuestras rodillas dejaran de  temblar.

La estratagema hubiera tenido efecto en mí. Yo me habría quedado petrificado si un monstruo de casi tres metros de estatura me dijera que iba a darle de comer a las aves mi cadáver. Sin embargo, en  lugar de  aterrorizar a  David, la  amenaza   de Goliat motivó una de las más grandes expresiones de fe de la Biblia:

Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; más yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza35 […] y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos (17.45–47).

«De Jehová es la batalla». Si usted no ha subrayado ese pasaje en su Biblia, necesita hacerlo. Ese era el sencillo principio por el cual David guiaba su vida. No tenía  nada que probar, ni nada que perder. No estaba tratando de impresionar a nadie. Lo único que estaba haciendo era defendiendo la causa de su Dios. Quería que todos supieran que hay un Dios en los cielos, y que de Él es la victoria.

Sugerí anteriormente que uno necesita prepararse para los desafíos que le presenta la vida. En algún momento de su vida, no obstante, uno se puede encontrar a la vuelta de la esquina con un gigante tan grande, tan formidable, que toda su preparación parecerá deficiente, y sus armas inútiles. ¡En ese momento será importante recordar que «de Jehová es la batalla»! Al final la forma como uno podrá vivir una vida libre de temor es por medio de la confianza, más concretamente, por medio de la confianza en Dios. «Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1era Juan 5.4). Así vivió David su vida.

6. SI A USTED SE LE PRESENTA UN GIGANTE, ENFRÉNTELO DE INMEDIATO (17.48–51)

Después que David recogió las cinco piedras lisas, él no titubeó: Se dio prisa para enfrentar a Goliat.

Y aconteció que cuando el filisteo se levantó y echó a andar para ir al encuentro de David, David se dio prisa, y corrió a la línea de batalla contra el filisteo. Y metiendo David su mano en la bolsa tomó de allí una piedra, y la tiró con la honda, e hirió al filisteo en la frente; y la piedra quedó clavada en la frente, y cayó sobre su rostro en tierra (17.48–49).

David metió su mano en el saco pastoril, rebuscó en este para encontrar la piedra más grande, la sacó, la puso en el receptáculo y comenzó a hacer girar la honda sobre su cabeza. La honda comenzó a zumbar, y en unos instantes estaba  rugiendo. De repente, soltó David la piedra. Esta se fue zumbando por el aire, y se hundió en la frente de Goliat. Goliat cayó como si le hubieran disparado. Cuando el gigante se desplomó con gran estrépito, la tierra se estremeció.

Sin embargo, David no había terminado su trabajo. Podría ser que el gigante solo hubiera perdido el conocimiento. Nuevamente corrió David (17.51). Corrió a toda velocidad hacia el cuerpo caído, y como no tenía espada,36 tomó la de Goliat. (Fue como si hubiera dicho: «¿Me prestas tu espada, para cortarte la cabeza? Gracias».) Con un contundente golpe, la macabra tarea se  realizó.

Esta dramática victoria nos enseña que al final, la victoria no depende del tamaño ni de la destreza física, sino de nuestra relación con Dios. ¡No lo olvidemos! La victoria también nos enseña que cuando uno tiene que pelear con un gigante, no debe posponer el enfrentamiento. Cada día que pase sin enfrentar al gigante, ¡este tendrá un metro más de estatura! Cada día que pase será más difícil resolver el problema. Enfrente sus gigantes con la ayuda de Dios, ¡y enfréntelos de inmediato!

7. UNA VICTORIA PREPARA PARA LA SIGUIENTE (17.51–54)

Durante toda la vida de David, una victoria lo preparó para la siguiente. Sus victorias sobre los leones y los osos lo prepararon para este momento. Ahora esta victoria lo preparaba para las demás que vendrían. Antes que todo, la victoria de David ayudó al ejército de Israel. Me encanta la manera como lo expresa Lynn Anderson:

«No sólo fue David acometedor, sino también animador».37 Me imagino la escena que se dio después que David acabó con Goliat. Levantó la mirada para ver el ejército filisteo; allí estaban los soldados, con filisteo y la trajo a Jerusalén, pero las armas de él las puso en  su  tienda».

CONCLUSIÓN

«Padre nuestro que estás en los cielos, hay tantos que luchan con problemas —y son problemas que a veces parecen abrumadores. Pedimos que estés con cada uno de ellos y que los fortalezcas. Ayuda a cada uno de nosotros a hacer lo mejor que podamos para prepararnos para todo lo que la vida nos pueda deparar, pero que al final, aprendamos a depender de Ti, para que la victoria sea nuestra. Ayúdanos para que Contigo a nuestro lado, nada sea imposible. Bendice a cada uno de un modo especial. En el nombre de Jesús. Amén.»

El pelear con gigantes puede ser una ocupación solitaria. Cuando David marchó hacia el campo de batalla, ni Saúl ni el ejército le acompañaron. Estaba completamente solo —aparte de su Dios. Para hacerles frente a los gigantes, ¡uno necesita a Dios!

Los ojos que se les salían, y boquiabiertos. David sacó otra piedra y, lanzándola al aire y tomándola de nuevo, dio voces diciendo: «¿Tienen más gigantes?38 ¡Todavía me quedan cuatro piedras!». Así reza el texto: «Y cuando los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron» (17.51b).39 Después, los israelitas que habían estado tan llenos de miedo bajaron en tropel la pendiente del monte, gritando:

«¡Dadme un  gigante! ¡Yo también quiero uno!».

«Levantándose luego los de Israel y los de Judá, gritaron, y siguieron a los filisteos» (17.52a). Por medio de su ejemplo, David les dio ánimo a sus congéneres israelitas.

La victoria de David también le dio ánimo a él mismo en batallas que vinieron después. Así dice el versículo 54: «Y David tomó la cabeza del

NOTAS SOBRE SERMONES Y MEDIOS VISUALES

Notas sobre sermones: Esta es una historia tan conocida, que deliberadamente usé un enfoque poco común. Es aconsejable que use el material para predicar un sermón que lleve por título «La fe es la victoria», que consiste en dos puntos: 1) La fe le dio a David la victoria, y 2) La fe le dará a usted la victoria. Es un mensaje poderoso —y necesario.

Notas sobre medios visuales: En realidad será preciso que haga usted una honda para esta lección. Puede hacerla sencillamente a partir de una lengüeta de un zapato viejo, y de dos cordones de zapato, o, si lo prefiere, puede investigar más acerca de las hondas y hacer una más auténtica a partir de un pedazo de cuero suave, y de dos tiras de cuero.

De todos modos, vaya a un lugar abierto y pruébela varias veces, para que pueda tener su propia experiencia cómica como sustituto de la mía. Enrolle una de las tiras alrededor de uno de los dedos para que no se suelte cuando abre la mano; después sostenga el extremo de la otra tira en su mano. Ponga una pequeña piedra en el receptáculo  y  hágala  girar  (¡nada  se  pierde con pocos años.

12  Cf. 1o  Samuel 16.23.

13 ¡No era que Saúl solamente estaba tratando de deshacerse de una hija fea! Era un incentivo tentador. El que se casaba con la hija del rey llegaba a formar parte de la familia real.

14  1o  Samuel 10.23.

15  1o  Samuel 17.11.

16 En La Berkeley Version in Modern English(Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1960) se lee: «¿Para qué has venido en realidad?». (Énfasis nuestro.)

17  Vea 1o  Samuel 16.6–7.

18  Vea 1o  Samuel 17.29.

19 Necesitamos aprender esto en la iglesia. ¡A veces peleamos entre nosotros mismos, cuando hay gigantes de maldad que demandan nuestra atención!

20  Este capítulo ilustra la  verdad que se  expresa   en 1o  Samuel 16.7.

21  Romanos 10.17.

22 C. H. Spurgeon, The Treasury of the Bible (Lostesoros delaBiblia), vol. 1 (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1968), 660. intentar!).

1 Un bosquejo de una página, de esta lección, apareció en Truth for Today(LaVerdadparaHoy)(June 1993), 19. Gran parte del material usado en este sermón ha aparecido en tantas fuentes, que no puedo darle el debido reconocimiento a la fuente original (N. Del T.: Esta edición no ha sido traducida al español).

2 La guerra  contra  los  filisteos  era  constante  (vea 1o Samuel 14.52). Ya habían pasado unos veintisiete años desde que Saúl derrotó a los filisteos en  Micmas.

3 El valle de Ela se encontraba al noroeste de Judá. Era uno de los más importantes pasos que llevaban desde la llanura filistea hasta las altas tierras de  Judá.

4 Un «codo» era una medida que abarcaba desde el codo hasta la punta del dedo medio, medida que es de unos cuarenta y cinco centímetros. Un «palmo» era el ancho de una mano abierta, del pulgar al  meñique,  que es aproximadamente 22.5 centímetros. El jugador de baloncesto más alto del mundo tiene poco más de dos metros de estatura. El hombre más alto del mundo que existe hoy día tiene casi dos metros y medio. De modo que, ¡Goliat era realmente alto! Por cierto que los arqueólogos han hallado esqueletos de este tamaño en la región donde los filisteos vivían.

5 Es un estimado razonable, pues no hay que olvidar que llevaba puesta una armadura y portaba armas que probablemente excedían los 90 kilogramos de  peso.

6 También tenía grebas de bronce sobre sus piernas (17.6); le servían para proteger sus  espinillas.

7 Se hacía un traje de cuero, al cual se le adherían placas metálicas de modo que parecían escamas. Esta armadura llegaba casi hasta las rodillas.

8 En vista de que las unidades de peso variaban según los diferentes países, no podemos ser dogmáticos en cuanto al peso equivalente de cinco mil siclos de bronce (17.5). Algunos han estimado que la cota de malla pudo haber pesado hasta 90 kilogramos.

9  En la KJV se lee:  «blanco».

10 Vea el pie de página número 8. Este es un estimado de lo que seiscientos siclos de hierro pesarían (17.7). Algunos calculan que el peso pudo haber sido de once kilogramos.

11   Algunos autores estiman su  edad en  los  veinte   y 23 Algunos insinúan que Saúl ya sabía que David había sido ungido para ser el rey que le sucedería —y que Saúl dejó que peleara contra el gigante con la esperanza de que muriera. Para mí, parece que las acciones posteriores de Saúl no son consecuentes con esta motivación. Otra insinuación que se ha hecho es que David insistió tanto, que Saúl al final cedió, aunque no creía que fuera a tener éxito, dijo: «Está bien. Está bien. Anda e  inténtalo».

24  Vea también 1 Samuel 23.21.

25 Las tres «razones» de esta parte de la lección fueron tomadas de Lynn Anderson, “Facing Giants” («Cómo hacerles frente a los gigantes») (S. l., s. f.),  audiocasete.

26 Alguien insinuó que Saúl vistió con su armadura a David con el fin de hacerlo desistir, para demostrarle que si no podía llevar puesta la protección necesaria, menos podría pelear una batalla.

27  En la KJV se lee: «Intentó ir».

28 Es probable que el «cayado» al cual se refiere 1 Samuel

17.40 sea el cayado que usaba para  caminar.

29  Vea también Salmos 23.4.

30 Este relato fue tomado de Lynn Anderson, “Facing Giants” («Cómo hacerles frente a los gigantes») (S. l., s. f.), audiocasete.

31 Eran piedras que habían adquirido forma redondeada por la acción del agua al hacerlas rodar. Esta clase de piedras podían ser lanzadas con mucha mayor  precisión.

32 Esta corriente, que todavía corre por el valle, pasa seca gran parte del año.

33 Hubo quien se imaginó esto como el encuentro de un gigantesco bombardero con un escurridizo avión a reacción.

34 Goliat estaba amenazando con dejar el cadáver de David sin enterrar, en el campo de batalla, para que las criaturas salvajes pudieran alimentarse de  él.

35 Algunos predicadores lo expresan de la siguiente manera: «¡Te cortaré la cabeza tan rápidamente, que no lo sabrás, sino hasta que estornudes!».

36 Los filisteos tenían el monopolio de las armas de hierro (note 1o  Samuel 13.19–22).

37 Lynn Anderson, Finding the Heart to Go On(Cómo hallar ánimo para seguir adelante) (San Bernardino, Calif.: Here’s Life Publishers, 1991), 44.

38 Había más gigantes en Filistea (2o Samuel 21.15–22) que después fueron derrotados, siendo esta la herencia de David (En relación con esto, es preciso hacer notar que hubo otro gigante llamado Goliat, al cual mató otro guerrero. Vea 2o  Samuel 21.19.)

39 Supuestamente los filisteos debían rendirse y hacerse siervos de los israelitas, cuando el paladín de ellos fuera derrotado. ¡Hasta allí el valor de la palabra de  ellos!

40  En vista de que David no tomó Jerusalén, sino hasta Dios.»

Frederick Robertson que fue rey (2o Samuel 5.6–10), es probable que la afirmación en el sentido de que trajo la cabeza de Goliat a Jerusalén, sea una anticipación de lo que sucedió varios años después.

41 En vista de que la espada fue a parar a la tienda (1 Samuel 21.8–9), algunos especulan diciendo que «su tienda» se refiere al tabernáculo; y no a la tienda personal de David. Tal vez David se llevó en un principio las armas para su casa, y más adelante lo persuadieron a que las donara al tabernáculo, para darle ánimo a todo Israel. Note que la palabra «tienda» se usa a veces para dar a entender «casa» (1 Samuel 13.2; etc.).

La amistad

«Un amigo piensa en usted, cuando todos los demás están pensando en sí mismos.»

«El amigo que se te dio en circunstancias de las que  no  tienes  control  fue  un  regalo  del mismo»

«Un amigo fiel es fuerte defensa: y el que ha hallado tal amigo, ha hallado un  tesoro.»

Apócrifo

«La amistad añade a la felicidad y disminuye la tristeza al duplicar nuestro gozo y dividir nuestra pena.»

Joseph Addison

«Un amigo entra cuando el resto del mundo sale.»

«Deberíamos comportarnos con nuestros amigos como deseáramos que nuestros amigos se comportaran con nosotros.»

Aristóteles

Autor: David Roper Nombre de la serie: David

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