Reflexión – ¿Usted Ya Robó Una Sandía?

“Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan” (Salmos 86:5).

Hubo un juez, de un tribunal juvenil, que tuvo una experiencia no muy común en uno de sus juicios. Un hombre de edad, que poseía una plantación de sandías, agarró en flagrante a un niño robando una de sus frutas y lo denunció a la justicia. Cuando llegó el día del juicio, el hombre hizo su reclamación al tribunal. El juez, dirigiéndose al niño, preguntó: “¿Hijo, qué tu  tienes que decir en tu defensa?” El niño, mirando fijamente para el juez, dijo: “Juez, ¿usted ya robó una sandía cuándo era niño?” El juez, un poco sorprendido, colocó su cabeza entre las manos en un momento de reflexión, y finalmente contestó: “El interrogatorio está encerrado. La acusación fue rechazada.”

¿Esta bien robar una sandía? Claro que no. La Palabra de Dios nos enseña: “No robarás”. Cualquier robo es pecado. Y ¿por qué aquel juez absolvió el niño? ¿Habría él robado,también, una sandía cuándo era niño?

No cabe a mí juzgar y ni pretendo hacer eso aquí. Quiero apenas meditar en lo que podría el juez haber pensado en los pocos momentos en los que colocó su cabeza entre las manos. Ciertamente tenía muchas cosas de que arrepentirse.

Yo jamás robé una sandía. Además, ¡jamás vi una plantación de sandías, en toda mi vida! Solo las conocí en balcones de supermercados. Sin embargo, muchos errores cometí en el decorrer de mi vida. ¡Y cómo me arrepiento de todos ellos!

Yo, muchas veces, negué la obediencia y la adoración a mi Señor. Yo lo rechazaba, lo trataba con indiferencia. Pensaba que no necesitaba de Dios, que era capaz de dirigir mi vida y ser un vencedor. ¡Cómo estaba engañado! Sufrí mucho a causa de eso. Era infeliz, vacío, solitario, debíl y derrotado. Pensaba que era gran cosa y no era nadie.

Pensaba que tenía todo y no tenía a Jesús… no tenía, por tanto, nada.

Un día alguien me llevó al Señor. Bendito día aquél… benditas manos que me empujaron para la dicha y para la vida. Él me miró con ternura, con amor, ¡y me perdonó! Yo era culpable, pero, ¡Él me perdonó!

Quiere ser perdonado igual?, y como?. Simplemente : ¡se presente a Él!