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4 Terribles Formas o Maneras de Predicar Sobre El Infierno Según La Biblia

4 Terribles Formas o Maneras de Predicar Sobre El Infierno Según La Biblia

Hay temas que nunca deberían tocarse desde el púlpito. El infierno puede ser uno de ellos; pero vamos a explicar un poco lo que quiero decir con «nunca».

Si vamos a predicar todo el consejo de Dios, debemos predicar sobre el infierno. Al final, Jesucristo habló del infierno más que cualquier otro hombre en la Biblia.

Un pastor que tenía una pequeña iglesia en el campo fue abordado por un granjero al que no le gustaban sus sermones sobre el infierno. El granjero le dijo: «Predica sobre el Jesús manso y humilde». El pastor le contestó: «Es de Él que aprendí sobre el infierno».

Muchos han observado que, aunque hubo días en el que todo lo que se oía eran sermones de «fuego y azufre», ahora nos hemos ido al extremo opuesto. Se predica mucho sobre el amor, la gracia y el perdón, pero se habla poco o nada sobre el infierno.

Si el infierno es real (y lo es), hay que mencionarlo. Un pastor que no creía en el infierno fue despedido de la iglesia donde trabajaba. Los responsables de su despido le explicaron: «Si no hay infierno, no te necesitamos. Si hay un infierno, no queremos que nos mientas más».

No obstante, hay ocasiones en las que el infierno no debería mencionarse nunca en nuestra predicación. Me atrevería a decir que cuando se menciona el infierno en esos momentos, puede deshonrar a Cristo más que honrarlo y hacer más daño al evangelio que ayuda. ¿Cuándo, qué y dónde son esos tiempos pastor?

1) Cuando no sentimos el dolor por los que se van al infierno

D.L. Moody dijo una vez: «No debo predicar el infierno a menos que lo predique con lágrimas». Uno podría cuestionar si debe haber lágrimas reales, pero uno encontraría difícil estar en desacuerdo con este punto. El infierno es un lugar horrible, y hay que sentir dolor por quien va allí. El infierno no es ciertamente un asunto ligero y no debe ser tomado como tal por quien habla.

A veces la razón de que no haya dolor es que el infierno se predica con la actitud de «eso es lo que mereces, así que eso es lo que te toca, y al infierno es donde irás». Es cierto, cualquier persona en el infierno está allí por su propia elección. Cristo no los ha rechazado, sino que ellos lo han rechazado a Él. Pero si no podemos sentir dolor por los que van allí, mejor es preguntamos por qué estamos hablando del tema.

A un predicador le preguntaron por qué no predicaba sobre el infierno. Poco después, el predicador lo intentó, y el mensaje cayó en saco roto. Un amable oyente le aconsejó que si quería predicar sobre el infierno, debía hacerlo con amor, no con odio. Le advirtió al predicador que no predicara sobre el infierno como si quisiera que las personas fueran allí, sino como si fuera un lugar del que Él quisiera salvarlos.

He hablado personalmente del infierno, pero puedo decir sinceramente que nunca ha sido sin dolor. No me lanzo flores a mi mismo. La razón por la que no puedo hacerlo sin dolor es muy personal.

Nací en una ciudad grande y, llegue a Jesús gracias a la predicación de mi madre. Jesús me cubrió con su amor y misericordia y le, entregue mi vida. En mi interior sabía que había un Dios, pero tenía muchas preguntas como: ¿Dónde está Él, y cómo puedes tocarlo, conocerlo, sentirlo, etc.?.

En mi época de incrédulo me burlaba de Jesús, del infierno y de la Biblia, hasta el momento que Dios me perdono mostrándome toda su gracia. A partir de allí mi vida cambio. A medida que crecía como cristiano, me di cuenta de lo que Dios había hecho. Me había llevado del pecado a Cristo. (Esta es una de las razones por las que me gusta predicar en los eventos públicos. Dado que a estas reuniones asiste mucha gente que no conoce a Jesús, me siento ¡muy emocionado al predicar!).

En esa época se predicaba mucho sobre el infierno. Pero, varios testimonios sobre el mismo llamarón mucho mi atención, sobre todo el de un hermano que contó lo siguiente: Mientras hacía mi búsqueda de Dios, una noche sucedió algo muy dramático. Tuve un sueño. Fue tan real como que vivo hoy. Estaba al borde del infierno a punto de ser arrojado por… ¿Adivinen quién? Jesucristo mismo. Fue aterrador.

No creo en interpretar todo lo que sucede en la vida por nuestros sueños o testimonios que me cuentan o escucho -Dios no lo permita- pero esa historia jugó un papel importante en entender sobre el infierno. Doy gracias a Dios por esa historia, porque la realidad de ir al infierno fue tan fuerte que ni siquiera puedo hablar del infierno sin un sentimiento de dolor y angustia. Le pido a Dios que eso nunca cambie.

Cuando leo de Jesús hablar del infierno en las Escrituras, no puedo encontrar un solo lugar donde lo hiciera con un sentido de satisfacción y gozo. Por el contrario, lo hizo con dolor, como si el infierno fuera el último lugar al que quisiera enviar a alguien. Nosotros deberíamos sentir ese mismo dolor, y si no lo hacemos, hablar del infierno sería mejor dejarlo para otros predicadores.

2) Cuando lo hacemos para condenar pecados específicos

A los predicadores les encanta hablar con autoridad, y deberían hacerlo, especialmente si están predicando la Palabra. Pero a veces esa autoridad se usa mal. He escuchado a predicadores decir: «¿Quieren saber a dónde van las que abortan? ¿Quieren saber a dónde van los violadores? ¿Quieren saber a dónde envía Dios a los homosexuales?».

Cuando oigo eso, a menudo quiero intervenir y decir: «¿Y quieres saber dónde merece ir tú y yo?». No soy un abortista, un violador o un homosexual, pero tengo pensamientos poco amables y actitudes egoístas. Mi Salvador puso a todos esos en el mismo grupo. Dijo: «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias…» (Mateo 15:19).

Permítanme ser transparente. Para mí, la homosexualidad es una de las cosas más repugnantes que se puedan imaginar. Cómo dos personas del mismo sexo pueden pretender tener relaciones sexuales -incluso disfrutar acariciándose- es más que alucinante. Ni siquiera puedo entenderlo. Un día, hablaba del tema con un amigo, que no podía estar más de acuerdo conmigo. Entonces me dijo algo de lo que nunca me he recuperado, por suerte. Su comentario fue: «La forma en que tú y yo nos sentimos con respecto a la homosexualidad es la forma en que Dios siente nuestro pecado».

Así es. Las personas que etiquetamos como abortistas, asesinos y homosexuales merecen ir al infierno, pero también lo merecen los adúlteros, los mentirosos, los orgullosos y, de hecho, todas las personas, incluso los predicadores, que viven una buena vida religiosa, pero nunca han caído a los pies de Cristo.

El infierno nunca debe usarse para contraatacar pecados particulares, sino que debe usarse para declarar el castigo justificado para todos los que han pecado y no han recibido Su perdón. Después de todo, un solo pecado es todo lo que se necesita para separar a una persona de Dios, y ese pecado puede ser una simple «mentirita blanca».

No son los que cometen un pecado en particular los que merecen ir al infierno; son los que han pecado -punto- y han rechazado el pago del Hijo por su problema de pecado.

3) Cuando enfatizamos las malas noticias y quitamos énfasis a las buenas noticias (Evangelio)

El infierno no es simplemente una mala noticia; es la peor noticia que se puede escuchar. Se dice que D.L. Moody compartió a Cristo con un joven. El hombre tenía problemas para comprender su necesidad de Cristo. En un momento dado, le dijo a D.L. Moody: «Si pudiera ver el cielo durante cinco minutos, creería». La respuesta de D.L. Moody fue: «Si pudieras ver el infierno por cinco segundos, creerías».

El infierno es más que malo; es horrible. Pero que el infierno sea tan horrible es una cosa que hace que el cielo sea tan brillante. Jesús no quiere que nadie vaya al infierno. Entonces, ¿qué hizo Él? Murió como sustituto de todos. Porque un hombre perfecto tomó nuestro castigo y resucitó victorioso al tercer día, ¿qué nos pide Dios que hagamos?

Que vengamos como pecadores, reconozcamos que Cristo murió por nosotros y resucitó, y pongamos nuestra confianza solo en Cristo para salvarnos. Imagínate eso: No nos salvamos confiando en Cristo más nuestra asistencia a la iglesia, o en Cristo más nuestra buena vida, o en Cristo más nuestro bautismo, o en Cristo más los sacramentos. Nos salvamos confiando en que solo Cristo nos salva. En el momento en que confiamos en Cristo, Dios nos da el cielo completamente gratis.

¿Has oído alguna vez algo mejor? Yo no, y estoy convencido de que nunca lo haré. Eso es lo que me gusta de ser un evangelista. Soy el portador de las mejores noticias que la gente puede escuchar. También es por eso que no importa si hay una persona en la audiencia o mil; me entusiasma compartirla.

También es la razón por la que, si predico sobre el infierno, no puedo bajar del púlpito sin haber explicado las buenas noticias tanto o más que las malas. No quiero que el público salga simplemente sabiendo que, sin Cristo, van a ir al infierno. Quiero que salgan sabiendo y comprendiendo que, por muy malas que sean las noticias, hay una buena noticia igual de difícil de entender: un Dios que amó tanto a los pecadores condenados al infierno que está diseñando un lugar para los que deciden no ir al infierno. Su promesa me emociona. «Voy a preparar un lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo un lugar, volveré y os recibiré a mí mismo, para que donde yo esté, estéis también vosotros» (Juan 14:2-3).

Es una obligación moral ante los hombres y las mujeres -y más importante ante Dios- que, al enfatizar las malas noticias, enfaticemos igualmente o incluso más las buenas noticias. No hacerlo es ser un administrador infiel del mensaje que Dios tiene para que se lo demos a la gente.

4) Cuando Sacamos Las Escrituras Fuera De Contexto Bíblico

Como dice un amigo, «Cuando dices ‘así dice el Señor’, más vale que tengas razón. Es una afirmación tremenda». Desafortunadamente, hay quienes leen la palabra «infierno» en las Escrituras y luego se lanzan a hablar, sin examinar el contexto. Al hacerlo, a menudo predican sus palabras, no la Palabra.

Marcos 9:43-48 es un pasaje muy eficaz para hablar del infierno. Lamentablemente, hay quienes lo utilizan para predicar un falso evangelio. Tres versos de ese párrafo dicen:

«Si tu mano te hace pecar, córtala. Es mejor que entres en la vida mutilado, en lugar de tener dos manos, para ir al infierno, al fuego que nunca se apagará. … Y si tu pie te hace pecar, córtalo. Es mejor que entres en la vida cojo, antes que tener dos pies, para ser arrojado al infierno, al fuego que nunca se apagará. … Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo. Es mejor que entres en el reino de Dios con un solo ojo, que teniendo dos, para ser arrojado al fuego del infierno» (Marcos 9:43,45,47).

Algunos han utilizado este pasaje para explicar que, a menos que entregues tu vida a Cristo, no puedes ser salvado y te espera un infierno eterno. En otras palabras, Dios quiere tus manos, tus pies, tus ojos, tu todo.

Hay tres problemas con esta explicación. En primer lugar, la vida eterna es un regalo gratuito sin condiciones. Entregar nuestras vidas a Cristo es parte del discipulado, no de la salvación. Segundo, si tuviéramos que entregar completamente nuestras vidas a Cristo para ser salvos, como dice un conocido maestro de la Biblia, «no habría un cristiano sobre la faz de la tierra». Cualquier cristiano honesto te diría que hay días y lugares en los que nos contenemos.

Tercero, este no es el verdadero significado del pasaje. El punto que Cristo estaba haciendo es que no hay nada por lo que valga la pena ir al infierno. Si lo que la mano toca, donde los pies nos llevan, o lo que los ojos ven nos impide venir a Cristo, seríamos personas muy inteligentes para cortar la mano, cortar el pie, o sacar el ojo. Estaríamos mejor con uno de cada uno que estar separados de Dios con dos. ¡Qué palabra tan poderosa! Una vez le preguntaron a un artista del siglo pasado: «Cuando empezaste, dijiste que querías ser rico, que querías ser famoso y que querías ser feliz. Eres rico y famoso, ¿eres feliz?». El artista confesó inmediatamente que era el más solitario de su vida. Después de su muerte, su madrastra, que debía conocerlo tan bien como cualquiera, comentó: «Nunca encontró lo único que realmente quería: Dios».

Hay que predicar el infierno, pero nunca de una manera que saque la Escritura de su contexto. Si predicamos sobre el infierno, tiene que ser de la misma manera que predicamos sobre todo lo demás-no predicando nuestras palabras sino Su Palabra.

Hay momentos para predicar sobre el infierno, pero también hay momentos para no predicar sobre el infierno. Asegurémonos de que estamos predicando sobre el infierno de la manera correcta y en los momentos adecuados. Tenemos la responsabilidad ante Dios de explicar a la gente lo horrible que es ese lugar de tormento. Asegurémonos de que -cuando nuestros oyentes vean nuestras expresiones, oigan nuestras voces, observen nuestra conducta y todo lo demás sobre nosotros- vean a un Dios que nos suplica con el mayor amor que puede extender: «Ven a Jesús».

Te animo a leer las siguientes escrituras para tener más luz e información sobre el tema del infierno: 2 Crónicas 29:1-30:25, Juan 14:2, Marcos 9, Marcos 9:43, Mateo 15:19.

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