Romanos 2 - Serafín de Ausejo 1975

El justo juicio de Dios

1. No tienes, por tanto, excusa, quienquiera que seas, que te eriges en juez. Pues cuando condenas a otro, a ti mismo te condenas, ya que tú, que te eriges en juez, practicas aquellas mismas cosas.

2. Bien sabemos que el juicio de Dios recae realmente sobre aquellos que tales cosas practican.

3. Pero tú, que te eriges en juez de quienes practican tales cosas, a pesar de que tú mismo las haces, ¿acaso piensas que vas a escapar al juicio de Dios?

4. ¿O es que menosprecias la riqueza de su bondad y de su paciencia y de su comprensión, al no reconocer que esta bondad de Dios intenta llevarte a la conversión?

5. Pero, por tu dureza y tu impenitente corazón, estás acumulando ira para el día de la ira, cuando se revele el justo juicio de Dios,

6. el cual retribuirá a cada cual según sus obras:

7. a quienes, siendo constantes en el bien obrar, buscan gloria y honra e inmortalidad, les dará vida eterna;

8. pero a quienes, obstinándose en la rebeldía y resistiendo a la verdad, se entregan a la perversión los hará objeto de su ira y su furor.

9. Tribulación y angustia para todo hombre que se entrega al mal: tanto para el judío, primeramente, como también para el griego.

10. Por el contrario, gloria y honra y paz a todo el que practica el bien: tanto para el judío, primeramente, como también para el griego.

11. Pues Dios no discrimina a las personas.

12. Efectivamente, cuantos pecaron fuera de la ley, fuera de la ley perecerán. Y cuantos pecaron dentro de la ley, por la ley serán juzgados.

13. Porque, ante Dios, no son justos los que meramente oyen la ley, sino que serán justificados quienes la cumplen.

14. Y así, los gentiles, que no tienen ley, cuando observan, por impulso de la naturaleza, lo que la ley ordena, vienen a convertirse, a pesar de no tener ley, en ley para sí mismos.

15. Ellos dan prueba de que la realidad de la ley está grabada en su corazón, y así lo testifica su propia conciencia y los razonamientos que unas veces los acusan y otras los defienden.

16. Así se verá el día en que, según mi evangelio, Dios juzgue las interioridades de los hombres por medio de Cristo Jesús.

Los judíos y la ley

17. Pues si tú, que llevas el nombre de judío, que descansas seguro en la ley, y te sientes ufano de tu Dios;

18. que conoces su voluntad, y sabes apreciar, instruido por la ley, lo que es mejor;

19. que estás convencido de que eres guía de ciegos, luz de los que están en tinieblas,

20. instructor de ignorantes, maestro de niños, que posees en la ley la expresión misma del saber y de la verdad...;

21. pues bien: tú, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, que predicas no robar, ¿robas?

22. Tú, que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú, que abominas de los ídolos, ¿saqueas sus templos?

23. Tú, que te sientes ufano de la ley, ¿deshonras a Dios violando esa ley?

24. Pues, según está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles a causa de vosotros.

25. La circuncisión, desde luego, tiene su valor si observas la ley; pero si no la cumples, aunque estés circuncidado es como si no lo estuvieras.

26. Por el contrario, si el incircunciso observa las prescripciones de la ley, aunque no esté circuncidado, ¿no le ha de valer como si lo estuviera?

27. Más aún: el que no está fisicamente circuncidado pero cumple la ley te juzgará a ti, que, a pesar de la letra de la ley y de la circuncisión, quebrantas esa ley.

28. Porque no es judío el que lo es en lo externo, ni es circuncisión la que se ve en lo externo, en la carne.

29. Es verdadero judío quien lo es interiormente, y es verdadera circuncisión la del corazón, hecha según el Espíritu, no según la letra. Este judío es el que recibe alabanza, no de los hombres, sino de Dios.