YO QUIERO UNA IGLESIA

Por Rogelio Pérez Díaz
Usado con permiso

A veces, tratando de abordar un tema nuevo, retomo, de manera repetitiva el mismo mensaje y con él sale afuera el
viejo hombre, que se empeña en convencerme de que estoy desequilibrado. Mis dudas son grandes. Y no es para
menos: estamos en tiempos difíciles, tanto para los “de afuera” como los “de adentro”.
Mientras los hombres que no han experimentado una relación con el Cristo vivo, aquellos a los que algunos,
haciendo gala de nuestra falta de tacto los apostrofamos de inconversos, se matan unos a otros por un pedazo de
territorio al que le llaman mundo, nación o, simplemente hacienda, los de al lado de acá no nos quedamos
estrechos, sino que aún superamos con creces a esos “despreciables seres” recriminados.
Oh, Señor, cuán lejanos parecen los días en que los ancianos entablaban interminables pláticas sentados en los
bancos de los parques o sencillamente, bajo una frondosa mata de mangos. Aquellos en que los chicos rompían con
una descuidada pelota las vidrieras y eran tildados de gamberros por los adultos. Cuántos años hace desde que el
último viajero cabalgó los casi cuatrocientos kilómetros que nos separan de la capital. La última vez que supe de
mis familiares o amigos por una carta que llegó a mis manos un mes después de haber sido escrita. La última copa
de vino, o hasta el último sorbo de aguardiente que bebí, sin sentir sobre mis espaldas el peso de la culpa, por poder
parecerle a cualquier espectador casual, un adicto al alcohol. O la última noche que logré conciliar el sueño sin que
antes pasara por mi cabeza el temor de que pudiera entrar un ladrón en casa mientras dormía. La última vez que
tomé un jugo de frutas naturales y al tiempo. Cuándo mi último vaso de leche, llenado bajo la ubre de la vaca.
Cuando, Dios mío, escuché por última vez la palabra amor, utilizada en su exacta, cabal, justa, correcta, fiel y
estricta acepción.
Sin dudas, hace tanto tiempo de todo eso que ya muchos lo han olvidado. Hoy las conversaciones han sido
sustituidas por algo más efectivo como medio de comunicación. No, no es la radio ¿recuerda usted cuando nos
sentábamos un grupo de vecinos a escuchar la única radio que había en el barrio? Éramos seres solidarios,
compartiendo el último “adelanto de la tecnología”. No se trata de la radio, por cierto, pero más o menos por ahí
comenzó todo. Tampoco es la televisión. Recuerdo el primer televisor que vi, cuando tenía casi cinco años y me
asomé a la parte de atrás a ver las personas que estaban “metidas dentro”. Hoy mi descendencia completa ha nacido
viviendo bajo la amenaza de que si se portan mal no los van a dejar ver la tele. Por supuesto que tampoco se trata de
la televisión… ya hay más cosas: videos, DVDs, ordenadores….
Ya los chicos no rompen cristales con una inocente pelota, hoy lo hacen con las balas que vomitan los cañones de
sus pistolas ¿No lo cree? Es fácil de constatar. Prenda su TV y no pasará cinco minutos sin que lo estremezca la
noticia de un tiroteo en una escuela o de una balacera entre pandillas de adolescentes. Por supuesto que hay lugares
en que esas cosas no pasan o, por lo menos, no se dicen por la televisión, que no es igual. Sinceramente, pienso que
no es para menos. Su hijo y el mío están recibiendo a diario una sobredosis de violencia por esos aparatos que han
sustituido las conversaciones de los viejitos. Vea durante un rato la programación televisiva dirigida a los niños.
Colóquese a sus espaldas cuando está enfrascado en su videojuego preferido. Húrtele por unos segundos su MP3 y
escuche la música que él escucha durante veinticinco horas al día.
Hoy los caballos tienen dos destinos bien definidos (suerte para ellos que no andan ya cientos de kilómetros con
seis arrobas encima): son piezas de exhibición de millonarios excéntricos o instrumentos para ganar “plata fácil” en
los hipódromos. Ahora hay cruceros que hacen cientos de kilómetros en un día, trenes que hacen en horas la misma
distancia o aviones que solo tardan segundos.
Ya en los correos casi no se expenden estampillas, a menos que sean compradas por un coleccionista. Ahora hay
uno o varios ordenadores, con una Webcám encima. Usted se sienta frente a ellos y conversa “cara a cara” con el
familiar o el amigo que se encuentra en Australia.
En estos tiempos un vaso de vino o una copa de ron son lo más natural del mundo, algo así como un vaso de agua
fresca. Ahora hay cosas más fuertes, efectivas, crudas: Achís, marihuana, coca, crack… ¡qué sé yo!
Ya usted no se acuesta sobresaltado con los ladrones. Ahora, pese a tener su casa enrejada como una prisión, no
logra siquiera conciliar el sueño, pensando, no sólo en el ladrón, sino también en el secuestrador, el violador o el
asesino que pueda irrumpir en su morada.
De forma similar sucede con todo lo otro. La palabra amor no hace falta en nuestro léxico, ha sido sustituida por
otra más tangible: dinero.
Ya ni siquiera necesitamos de un no creyente para apostrofarlo. Ahora no tenemos que salir del templo para
hacerlo, porque el hermano se ha convertido en el nuevo blanco de nuestras críticas y ataques. Así resulta más
efectivo. Ya no tenemos que disparar a distancia, ahora lo hacemos a “quemarropa”.
Siempre he dado gracias a Dios, porque, creo, él actuó en mi conversión de una manera especial. Lo digo por varias
cosas: la primera de todas, creo que él antes me capacitó y después me llamó. La segunda, porque obró de manera
tal que yo encaminara mis pasos en el momento oportuno y al lugar acertado.
Pienso, además, que nunca, bajo ningún concepto, debemos culpar a Dios de los errores y deslices de los hombres.
No creo en modo alguno, que Dios se haya equivocado al llevarme a la iglesia que me llevó o en el día que lo hizo.
El hecho de que algunos quieran hacer de la casa de Dios un campo de batalla para agredir al prójimo, no
descalifica a tal lugar para seguir siendo lo que es: LA CASA DE DIOS. Más bien, debíamos dar por seguro que tal
acto puede “descalificar” a los que así proceden para llamarse a sí mismos cristianos.
Hoy quiero, en unión suya, reflexionar y, en lo posible, arribar a una conclusión, acerca de las características que
esperamos tenga la “iglesia verdadera.”
Ninguna denominación cristiana, hasta donde sé, piensa que el término “iglesia” es sólo aplicable al sitio donde se
congrega o, más extensamente, a la denominación toda. Entre unos y otros hay pequeñas diferencias de puntos de
vista en cosas específicas, pero de manera general, todos están bien enfocados, en el sentido de que ponen a Cristo
como centro de su fe. Hay, sin embargo, algunas sectas, que nada tienen de cristianas, aunque digan o quieran
aparentar que lo son, que si manifiestan abiertamente que es su iglesia la única “verdadera.” Creo que la mejor
respuesta a esa posición se puede dar tomando la palabra de Dios. Mateo 16:18 nos dice: “Y yo también te digo,
que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
No pretendo detenerme acá en asuntos de meras doctrinas de hombres, tan sólo quiero aclarar, respecto a esta cita
que la roca a que hace referencia Cristo, lejos de lo que piensan algunos, no es la persona de Pedro, sino la
confesión de éste, dos versículos antes, en Mateo 16:16 “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios viviente.”
Pertenecer a la iglesia que está “fundada sobre la roca” no es, ni mucho menos, congregarse en una denominación
que diga de sí misma, ser la “iglesia verdadera”. El solo hecho de autonombrarse así la “descalifica” para formar
parte de dicha iglesia.
Pero, ¿cuál es esta iglesia? ¿En qué se distingue? ¿Dónde se encuentra? Jesús nos dice: “… sobre esta roca
edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
En el referido pasaje podemos ver, al menos cinco cosas que merecen nuestra atención:
– Un edificio: “… mi iglesia…” ¿Cuál es la iglesia? Pocas preguntas pueden revestir la importancia de ésta. Si
usted tiene un ápice de sentido común y busca a Dios, quiere buscarlo en el sitio exacto y no en cualquier sitio.
¡Cuántos no se han equivocado o, lo que es peor, han sido confundidos por personas sin escrúpulos, por haber
puesto este asunto en un “segundo plano”! Es evidente que no se trata de un edificio material, de paja, madera o
ladrillo, construido por hombres. Es exactamente, un grupo de hombres, mujeres, niños. No se trata de la iglesia
pentecostal o la bautista, de la presbiteriana o la evangélica… la metodista o la adventista. Mucho menos de la
iglesia de Roma. No es ninguna de ellas y es, en cierta manera, una gran parte de todas, porque está formada por los
hombres de todas estas que son verdaderos creyentes en Cristo, que son realmente santos, realmente convertidos,
realmente arrepentidos de sus pecados, que profesan una fe real en Cristo y han experimentado un nuevo
nacimiento en él y por él. Incluye a todo el pueblo elegido de Dios, a todos los lavados por la sangre de Cristo.
Independientemente de su autoridad, riqueza, fama, raza, idioma, todos ellos son piedras de la “verdadera iglesia” y
forman parte del cuerpo de Cristo. Es esa la santa iglesia católica y apostólica de que se habla en el Credo Niceno,
la iglesia “fundada sobre la roca”. Aunque cada denominación tenga sus especificidades, su manera de adorar, su
estructura de liderazgo, todos acuden al mismo trono de gracia, adoran con el mismo corazón, son guiados por el
mismo Espíritu, son todos real y verdaderamente santos y todos pueden decir “Aleluya” y contestar “Amén”.
Dentro de mi música predilecta, hay una canción que lleva por título “Yo Quiero una Iglesia”. En ella, el autor nos
describe el tipo de iglesia a la que Dios llama “su iglesia”. Dice, al respecto, muchas cosas admirables… quizá mis
términos no sean tan atractivos, pero hace algunos días, vengo imaginando el tipo de Iglesia de la que yo entrañaría
ser miembro. Creo que, sobre todas las cosas, me sentiría muy a gusto en una congregación donde se predicara una
sana doctrina. Creo también que desearía asistir a una Iglesia donde la palabra más usada y practicada fuera la
palabra AMOR. Esa palabra, aparece más de seiscientas veces en la versión Reina Valera de las Sagradas
Escrituras. En ocasiones se refiere al amor que Dios nos tiene y que debemos tener a Dios. En otras al amor del y
hacia el prójimo. Es, después del nombre de nuestro Padre Celestial, la palabra más usada en la Biblia.
– Un constructor: dice exactamente “… yo construiré…”; no “nosotros” construiremos, “alguien” construirá o
“tu” construirás. Sin duda, las tres personas de la bendita Trinidad cuidan con ternura de la iglesia de Cristo. Un
plan de salvación perfecto: El Padre escoge, el Hijo redime y el Espíritu Santo consagra a cada miembro del cuerpo
místico de Cristo, a cada “piedra” de su iglesia de modo que las tres personas de la bendita Trinidad hacen su parte
en el plan, para toda alma que se salva. Hacemos énfasis en esto, para mostrar que, contrario a lo que algunos
puedan decir, cuando expresa “yo construiré”, habla en singular, para mostrarnos que no se trata de “tres dioses”
distintos, sino de una tri-unidad.
Sin embargo, el cuidado de su iglesia es prerrogativa de Cristo: Él…
– … llama a su debido tiempo: Romanos 1:6b “…llamados a ser de Jesucristo.”
– … da vida: Juan 5:21b “…el Hijo a los que quiere da vida.”
– … limpia de pecado: Apocalipsis 1:5b “… nos lavó de nuestros pecados con su sangre.”
– … da paz: Juan 14:27a “La paz os dejo, mi paz os doy…”
– … da vida eterna: Juan 10:28 “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi
mano.”
– … concede arrepentimiento: Hechos 5:31 “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador,
para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.”
– … capacita para llegar a ser hijos de Dios: Juan 1:12 “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su
nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”
– … lleva a término la obra comenzada: Juan 14:19b “… porque yo vivo, vosotros también viviréis.”
Nosotros somos cuerpo de la iglesia. Él es cabeza. De él recibimos crecimiento y energía, por él somos guardados
hasta el fin para ser presentados sin mancha ante el Padre. Los ministros predican, los escritores escriben: CRISTO
EDIFICA. Si él no lo hace, se paraliza la obra. La obra puede ir con más o menos prisa. A veces sentimos
impaciencia porque pensamos que no está sucediendo nada o esperamos que las cosas vayan más rápido. Solo que
nuestro tiempo no es el tiempo de Dios
– Un fundamento: “… sobre esta roca…” Está descartado que Jesús haya querido decir a Pedro que este iba a ser
el fundamento de la iglesia. Más bien, lo que quería expresar el Señor era que el cimiento de la iglesia sería la
confesión que acababa de hacer Pedro, acerca de que él era el Mesías prometido y el hijo de Dios. Si se estuviese
refiriendo a Pedro, era evidente que hubiese dicho, más bien: “edificaré mi iglesia sobre ti”. Pedro era un hombre
inestable, inseguro y vacilante, que posteriormente, al ser aprehendido Cristo, lo negó tres veces. La confesión
hecha, era en cambio, algo consistente, sólido, seguro y estable. Es verdad que definía a Jesús como el Salvador de
la promesa, Fiador, Mesías y Mediador entre Dios y el hombre, era la piedra angular y fundamento del edificio. Era
un alto precio. Exigió que él tomase nuestro lugar, viviera, sufriera y muriera por nosotros en él. No por sus
pecados, sino por los nuestros. Necesitaba, además de la muerte con que lavó nuestras faltas y nos reconcilió con
Dios, la resurrección, que selló la victoria sobre Satanás y lo llevó a su lugar primigenio: la diestra de Dios. Ningún
otro fundamento era tan firme y estable como la confesión de Pedro. Ningún otro era tan firme que pudiese soportar
el peso de la depravación, perdición y culpa. De los pecados visibles y de aquellos que solo Dios conoce, de tantos
seres sin perspectivas ni esperanza en sus vidas.
Es, examinando el fundamento sobre el cual está basado tu fe, que puedes conocer si eres o no un miembro de la
“Iglesia Verdadera”. Es visible para todos tu presencia en la mesa del Señor. Pero solo Dios y tú conocen si estás
realmente unido a Cristo, si eres piedra de su iglesia. Es preferible una humilde choza sobre tan firme roca, que una
casa de piedra sobre arenas movedizas.
– Protección contra un peligro inminente: “…las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” No niega que
haya una guerra continua entre el creyente verdadero y el gobernador de las tinieblas. Sino que afirma exactamente,
que los primeros tienen garantizada la victoria sobre el segundo. Por su odio eterno a la iglesia verdadera, el diablo
no descansa, sino que se haya eternamente sembrando ira y contiendas entre los miembros del cuerpo de Cristo.
Busca convencer a los hombres, incluso los elegidos, de que hagan su voluntad y no la de Dios. Esta contienda
contra los poderes del maligno es una experiencia individual de cada cristiano. Las “puertas del infierno” han
estado ahí: presentes y cercanas al pueblo de Dios. Pero él nos ha ofrecido “preciosas y grandes promesas” en 2
Pedro 1:4 y la Escritura toda. Nos ha ofrecido confianza y paz que sobrepasa todo entendimiento, misericordia,
gracia y salvación. Aun no hay paz, pero hay certeza de la victoria.
Como Pedro, recordemos siempre las palabras de Jesús en 1 Pedro 4:14-16 “Bienaventurado sois cuando por mi
causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros mintiendo.” Esa es la prueba. “…las
puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” Es la certeza de la victoria ante esas pruebas.
Esa es la iglesia de que habla cierto cantante de nuestros días en una canción que se titula, precisamente

“Yo Quiero una Iglesia”
Hace tanto tiempo yo compré una iglesia A precio de sangre entre crudo dolor.
Hace tanto tiempo que envié a mi hijo Para rescatar lo que se perdió.
Hace tanto tiempo que estoy deseando Esa humilde entrega de un adorador
Que sólo se postre ante mi presencia
Y no a las ofertas de una posición.
Hace tanto tiempo que estoy deseando
Que muestren mi imagen que es la del amor
Que no se confunda entre tanta gente,
Que sea distinta: solo como yo
Que no se divida como suele a veces
Entrando en contiendas y en discusión
Buscando alcanzar ser más grande que el otro
Si en el universo el grande soy yo.
Yo quiero una iglesia que me dé la gloria
Y procure la unión.
Yo quiero una iglesia que sane al herido,
Que rompa cadenas, liberte al cautivo
Y aclare la mente al que está confundido
Y que hable verdad.
Yo quiero una iglesia que con su mirada
Le brinde esperanza al alma angustiada,
Yo quiero una iglesia que sane la herida
De la humanidad.
Yo quiero un rebaño donde mis ovejas
Se sientan seguras y llenas de paz.
Donde mi palabra sea su alimento,
Allí quiero morar.
Yo quiero una iglesia que con su alabanza
Perfume mi trono, me dé ese lugar.
Una iglesia que sepa hacer diferencia
Entre el bien y el mal.
¿Dónde está la iglesia que fue perdonada
Y que fue librada del castigo atroz,
Aquella que al verse alguno ha caído
Le extiende la mano y perdona su error?
Iglesia despierta, ya llegó el momento
De tu redención.
Yo quiero una iglesia que sane al herido,
Que rompa cadenas, liberte al cautivo
Y aclare la mente al que está confundido
Y que hable verdad.
Yo quiero una iglesia que con su mirada
Le brinde esperanza al alma angustiada.
Yo quiero una iglesia que sane la herida
De la humanidad.
Yo quiero un rebaño donde mis ovejas
Se sientan seguras y llenas de paz.
Donde mi palabra sea su alimento,
Allí quiero morar.
¿Se congrega usted en dicha iglesia? ¿Tiene el sitio donde se congrega, esas características? De ser así es usted un
hombre bienaventurado. Persista congregándose en ella. No deje de asistir regularmente a ella, porque puede tener
entonces la seguridad de que por cerca que vea las puertas del infierno, estas nunca se van a abrir ante usted.
Que Dios le bendiga y le dé sabiduría para encontrar y ya nunca más perder esa “Iglesia Verdadera”.
Este escrito es una contribución de la agrupación para eclesiástica cubana: Ministerio CRISTIANOS UNIDOS.

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