Estudio Bíblico | Explicación de Marcos 10:32 | Comentario Bíblico Online

I. Cristo predice de nuevo Sus padecimientos.

1. Véase la bravura del Señor. Ahora que iban subiendo a Jerusalén, Jesús iba delante de ellos (v. Mar 10:32). Jesús se dirige resueltamente a Jerusalén, a sabiendas de lo que allí le esperaba, e iba delante, como conduciendo a Sus discípulos en aquella marcha. «Ellos estaban atónitos.» Se espantaban de lo que le podía suceder al Maestro y, tanto ellos como otros «que le seguían, tenían miedo», pues comenzaban a considerar en qué peligro se metían ellos mismos acompañándole en ese viaje. Por eso, para darles ánimo, «Jesús iba delante». Cuando nos vemos abocados al sufrimiento, es alentador ver a nuestro Maestro ir delante de nosotros (v. Heb 12:2).

2. Véase también la cobardía de los discípulos: «y los que le seguían tenían miedo». La valentía del Maestro debía haberles infundido ánimo. Pero no juzguemos a los apóstoles con precipitación. Algo había en el rostro del Maestro, quizás un rictus de amargura en Sus labios que les causaba asombro, temor y preocupación a un mismo tiempo.

3. Véase el método que usó para silenciar el miedo de ellos. No intentó dorarles la píldora ni pintarles con colores más suaves la situación que se avecinaba, sino que «tomó de nuevo aparte a los doce y comenzó a decirles lo que estaba a punto de sucederle». Él conocía lo peor, lo más amargo y, por eso mismo se mostraba tan decidido antes de comunicarles también a ellos lo peor. Al final de las frases que parecen entrecortadas por la emoción, parece decirles: «no tengáis miedo … a los tres días resucitará» (v. Mar 10:34). El resultado de aquellos padecimientos sería glorioso para Él y ventajoso para todos los Suyos. La forma y los matices de los sufrimientos de Cristo se expresan aquí con mayor detalle que en ninguna otra de las predicciones. Cristo tenía perfecto conocimiento no sólo de Su muerte futura, sino de todas las circunstancias que la habían de hacer tan penosa; sin embargo, marchó al encuentro de ella con toda valentía.

II. El episodio que sigue contrasta más señaladamente a continuación del sombrío anuncio de Jesús. «Se acercan a Él Jacobo y Juan, los dos hijos de Zebedeo, y le dicen: Queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos» (v. Mar 10:35). La historia es la misma de Mat 20:20, aunque allí se especifica que hicieron la petición por medio de la madre. Aunque la Biblia no nos dice si era o no hermana de María, la madre de Jesús, la tradición asigna a Salomé ese parentesco. Si a eso unimos que los dos hijos pertenecían, con Simón Pedro, al círculo de los íntimos de Jesús, se explica que, con la idea predominante entre el pueblo de que el Mesías instauraría pronto el reino de Israel sin pasar por el Calvario la madre tuviese prisa por asegurar para sus dos hijos los puestos de más alto rango en dicho reino. Notemos la presunción con que piden: «Queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos». Es cierto que, como dice Pablo, Dios «es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos» (Efe 3:20), pero hemos de dejar al amor y a la sabiduría de Él concedernos lo que más nos convenga sin imponerle de antemano condiciones. Además, hay que ser cautos al hacer promesas demasiado generales. «Él les dijo: ¿Qué queréis que haga por vosotros?» (v. Mar 10:36). Les deja seguir adelante con su presunción, para que puedan después avergonzarse de ella. Si hubiesen buscado la preeminencia del amor, en lugar de ambicionar la del honor … Nuestra debilidad y miopía se echan de ver en nuestras oraciones tanto como en otras cosas. Es insensato prescribir a Dios por adelantado, en lugar de suscribir lo que Él nos asigne. El Señor quiere que estemos preparados para los sufrimientos y le dejemos a Él otorgarnos las recompensas.

III. La indignación de los demás apóstoles: «Al oír esto, los diez comenzaron a indignarse con respecto a Jacobo y Juan» (v. Mar 10:41). Se indignaron con ellos por buscar preferencias, no porque pensasen que era inoportuno pedirlas, sino porque cada uno la deseaba para sí, con lo que los diez mostraron también su ambición, al indignarse contra los dos hermanos. Cristo aprovechó la ocasión para amonestarles a todos (vv. Mar 10:42-44). Les llamó adonde Él estaba de un modo familiar y en señal de condescendencia; y les mostró.

1. El abuso que del dominio se hace ordinariamente en el mundo: «Sabéis que los que se tienen por gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos» (v. Mar 10:42). En otras palabras, el interés de los gobernantes de este mundo suele ser, no lo que pueden y deben hacer por sus súbditos, sino el apoyo que de ellos esperan para prosperar su propia ambición y grandeza.

2. Que eso no debía ocurrir en la Iglesia: «Pero entre vosotros no es así» (v. Mar 10:43). Como si dijese: «los que han de ser puestos a cargo vuestro han de ser como ovejas al cuidado de un pastor que las ha de servir, cuidar y alimentar, no como súbditos a quienes hay que dominar, sujetar y oprimir para sacarles el jugo». Los oficios en la Iglesia no son puestos de dominación, sino responsabilidades de servicio (v. Hch 20:28; 1Pe 5:2-3). Los que ahora son más serviciales y, por ello, más útiles, son los más honorables ya, y serán glorificados después.

3. Para persuadirles de ello, se pone a Sí mismo como modelo: «Porque aun el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida como rescate por muchos» (v. Mar 10:45). Él tomó la forma de siervo (Flp 2:7) y vino a servir, no a ser servido. En lugar de exigir homenaje, pompa y grandeza, «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2:8). De esta forma, puso su vida «en rescate por muchos». Los rescatados se llaman «muchos» no para excluir a otros, sino en contraste con el uno que murió por todos (v. 1Ti 2:6). Para una fraseología semejante, véase Rom 5:12-19.

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