Lunes 14 de Julio del 2005

 

Hebreos 9:27-28

De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

 

La puerta a la eternidad

 

 

 

 

La perspectiva de la muerte se presenta al hombre como el ujier que se aproxima para traerle la notificación jurídica a fin de que comparezca ante el tribunal. Este temor debería conducirlo a ponerse sin tardar en regla con Dios, ese Dios con quien cada uno contrajo una deuda tan grande que no la puede pagar.
Sin embargo, sabemos que para ser libres de ella basta creer que Jesucristo la pagó en nuestro lugar en la cruz. Cuando el ujier golpea la puerta, ya es demasiado tarde: obligatoriamente hay que seguirlo, ir al tribunal, comparecer ante el Juez supremo, responder por sus propios pecados y oírle pronunciar una condena sin apelación.
Para el creyente, por el contrario, la muerte tiene más bien el aspecto de una puerta que se abre a fin de dejarlo entrar en la casa del Padre, junto a Jesús. Su cuerpo se deposita en la tierra pero su alma se introduce en el paraíso ante la presencia del Señor Jesús.
El cristiano que vive cerca del Señor no teme presentarse ante la puerta del cielo, pues sabe que la presencia del Buen Pastor, sus cuidados y su misericordia lo acompañarán hasta allí. Además el creyente no espera la muerte, sino a Jesús mismo, a su Salvador que vendrá a buscar a los suyos. Vivamos realmente en esta espera, regocijándonos y pensando también en el gozo del Señor al reunir por fin a quienes ama.

 

 

 

 

 

 

© Ediciones Bíblicas “La Buena Semilla 1166 PERROY (Suiza)

 

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