¿Cómo hacemos para amarnos más?

“Ya se acerca el fin de todas las cosas. Así que, para orar bien, manténganse sobrios y con la mente despejada. Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de pecados. Practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse. Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas” 1 Pedro 4:7-10

 

Pedro escribió estas palabras en la parte final de su vida, cuando ya era un anciano y estaba consciente de que su fin se acercaba; por lo mismo son palabras sinceras y llenas de significado, encierran verdades que la iglesia debe cultivar en todo lugar y circunstancia. Por ejemplo:

1.      Los cristianos deben amarse profundamente.

2.      Los cristianos deben ser hospitalarios.

3.      Los cristianos deben servir a los demás.

Tanta maravilla podría despertar envidia en los tiempos actuales, pero necesitamos leer entre líneas: el llamado al amor profundo se debió a los reiterados errores que los creyentes (pastores, maestros, líderes, etc.) cometían; la exhortación a practicar la hospitalidad tuvo que enfatizarse porque mientras se abrazaban y besaban, también se quejaban y fastidiaban; y la solicitud a servir a los demás tuvo como telón de fondo la indiferencia con que algunos miraban el trabajo y esfuerzo por evangelizar y ganar el mundo para Cristo.

La iglesia, en los días del apóstol Pedro, era tan imperfecta como la iglesia del siglo XXI; y el mensaje que Pedro compartió con aquellos hermanos, también es pertinente para nosotros. Como ayer, hoy necesitamos enfatizar la importancia del amor fraternal, no por creernos perfectos, sino porque necesitamos ser hospitalarios y serviciales. La belleza de una iglesia radica en la calidad de amor que los creyentes se tienen entre sí. A más amor, más congregación.

¿Cómo hacemos para amarnos másí Esta es la pregunta que trataremos de responder en febrero, que será un mes dedicado a fortalecer las células, promover la Generación Pedro, potenciar la oración comunitaria (la TDO, los miércoles de oración y el ayuno del 28) y bautizar a los nuevos cristianos. ¿Cómo amarnos másí Las palabras de Pedro están íntimamente relacionadas con su propia experiencia: él vivió con Jesús, caminó y conoció a los demás apóstoles, aprendió a cultivar y profundizar el amor fraternal en el día a día, mientras eran perseguidos y traicionados; así que vamos a interpretar a Pedro a partir de su propia experiencia.

En el tercer día de nuestro TCD nos tocó leer Marcos 10:23-31, la ocasión en que Pedro y los demás discípulos se asombraron al oír las palabras de Jesús: ¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! estas palabras produjeron una conmoción entre los discípulos e impulsaron el reclamo desproporcionado de Pedro. Es verdad que la popularidad del pasaje se basa en la conocida frase “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios”, pero tan interesante como la frase, es el proceso que desembocó en una crisis de relaciones interpersonales. Los discípulos comenzaron sorprendidos y terminaron protestando, tal vez esta ocasión permitió que Pedro aprendiese la necesidad de amar profundamente.  Vamos a observar la reacción de los discípulos, como pasaron de la sorpresa a la protesta.

Las crisis en las relaciones comienzan con asombro

Para nosotros, Jesús es el Hijo de Dios, perfecto y poderoso; para sus contemporáneos, Jesús fue el hijo de José y María, una especie de profeta que propugnaba renovación espiritual; sus propios discípulos tenían segundos en que lo reconocían como Mesías, para después entrar en el terreno de la confusión. Esta incertidumbre hizo que Jesús dijera que no había profeta en su propia tierra[1].

Ellos –los discípulos– no sabían que andaban con el Hijo de Dios; creían que era alguien especial, pero de cuando en cuando, una palabra de Jesús los sorprendía, asombraba, dejaba perplejos; como quien dice, había cosas en Jesús que no les terminaba de cuadrar (Por ejemplo, la ocasión en que preguntó quién lo había tocado[2], o cuando pidió que se alimentase a la multitud[3], o cuando creyeron que estaba molesto porque habían olvidado traer pan[4],  o cuando Pedro intentó convencerlo que su plan de sufrir era un error[5], o cuando enseño sobre el divorcio y a ellos les pareció demasiado radical[6], o cuando dijo que los ricos no iban a entrar en el reino de Dios[7]).

Si Jesús era perfecto, ¿por qué había cosas que a los apóstoles no les cuadraba? Porque ellos tenían una imagen ideal de lo que debía ser el Mesías. Mientras Jesús encajase en esa imagen, todo estaba bien; pero cuando el Señor se salía del molde que los discípulos habían fabricado, aparecía el asombro, la perplejidad, la sorpresa, el tibio y respetuoso pensamiento “creo que aquello no estuvo tan bien…”

Siempre habrá cosas que nos sorprendan, que no nos terminen de cuadrar (la cara del pastor, el color de la pared, el mensaje que te parece una indirecta antes que sermón de un santo pastor, el volumen de la batería, los gestos de quienes cantan, la intensidad del aire acondicionado, el olvido de tu cumpleaños, etc.). Eso es normal; el problema surge cuando la sorpresa se convierte en juicio, el juicio se comparte con otros y se viste de crítica, la crítica explota en reclamo y el amor cae en el olvido.

1.      Los discípulos se asombraron.

2.      Los discípulos se asombraron más.

3.      Los discípulos concluyeron que Jesús estaba equivocado.

4.      Los discípulos se sintieron incómodos.

5.      El apóstol Pedro explotó y se puso a reclamar.

Las crisis interpersonales se solucionan amando profundamente

Pedro aprendió que siempre habrá cosas que no iban a terminar de cuadrarle, pero que lo más importante era amar profundamente, porque esa clase de amor era la única manera de cubrir la multitud de errores que los otros cometerían; Pedro aprendió que era mejor amar que enojarse, esperar antes que reclamar, tener paciencia antes que criticar. A esa verdad, el apóstol Pedro la llamó “La lección del amor profundo”.

Amar profundamente a Dios significa:

“… El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” Deuteronomio 6:4-5

Obedecer en vez de refunfuñar.

Ceder en vez de negociar.

Esperar en vez de reclamar.

Rendirse en vez de alejarse.

Amar profundamente a mi prójimo significa:

“Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” Colosenses 3:12-13

Esperar sin sorpresas la llegada de los errores.

Reconocer que todos, incluido yo, somos imperfectos.

Perdonar antes que me lo pidan.

En vez de alejarme, ayudar.

Ver el potencial que Dios ha puesto en cada persona.

Es difícil amar profundamente. Parafraseando al Señor, “tal vez sea más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que uno de nosotros ame profundamente”. En contra del amor profundo se levanta nuestra naturaleza carnal, la misma que llevó a Pedro hasta el borde del abismo, la que estuvo a punto de hacerle perder el rumbo, aquella naturaleza que lo inspiró a preguntar “¿Qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido?”[8]

Las crisis se arreglan corrigiéndome

La pregunta que Pedro se atrevió a plantear está llena de mentiras. Él creía que estaba diciendo la verdad, sentía que era verdad, sinceramente pensaba que sus palabras eran correctas; pero Pedro estaba mintiéndose a sí mismo. Veamos por qué:

·        ¿Qué de nosotros…?

Parece que Pedro estaba hablando en nombre de todos, pero la verdad es que estaba hablando desde su propio corazón. Si los demás pensaban igual que él, ese era problema de los demás, lo evidente era que él estaba pensando en sí mismo. Detrás del grupo se escondía un espíritu egoísta, el mismo espíritu que los hizo preguntarse quién sería el más importante en el reino, o el mismo que llevó a que Jacobo y Juan solicitasen sentarse a la derecha e izquierda del trono de Dios. Necesitamos librarnos del egoísmo.

·        Lo hemos dejado todo…

¿Quién ha dejado todo por el Señor? Acaso hemos dejado algunas cosas (precisamente las que debíamos dejar) pero a cambio hemos ganado muchísimas bendiciones. Pedro dejo su barca para convertirse en pescador de hombres, dejo su trabajo para trabajar en el reino, dejo sus amigos y oportunidades para relacionarse con el Rey de reyes, convertirse en amigo de Dios y tener todas las oportunidades del cielo a su disposición. Él no dejo nada comparado con lo que gano. Necesitamos olvidar el pasado y proyectarnos a la visión de Dios.

·        Te hemos seguido…

Seguir a Jesús no es una decisión sino un proceso. Pedro tomó una decisión, pero el valor estaba en continuar. Las buenas decisiones se mantienen en el tiempo, no se sacan en cara como si el pasado tuviese valor por sí mismo. La cuestión no es haber seguido a Jesús, sino estar siguiéndole aquí y ahora. Necesitamos renovar nuestro compromiso de seguir al Señor.

Pedro estaba pensando en sí mismo, creyendo que Jesús estaba aprovechándose de él, pretendiendo sacar en cara el valioso paso que dio al dejar las redes para ir detrás del Señor. Pedro estaba equivocado, y Jesús se lo hizo saber cuándo le recordó que iba a recibir cien veces más, que también iba a recibir pruebas y persecuciones para cambiar su carácter; el Señor Jesús le enseñó que después de amar a Dios, lo más importante era amar profundamente a sus hermanos.

Los errores siempre estarán entre nosotros, los motivos para impacientarse y desilusionarse siempre estarán a la orden del día. Eso es algo que no podremos cambiar mientras estemos en este mundo. Lo que si podemos hacer, o mejor dicho, lo que puedo hacer es amar profundamente a mis hermanos.

En el amor profundo surge el milagro de la unidad y alegría. Dios quiere que nos amemos profundamente.

¿Qué debemos hacer? En lo personal: derrotar al egoísmo, olvidar el pasado y renovar nuestro compromiso de imitar a Jesús; y en lo práctico: involucrarnos en una célula, asistir a las reuniones semanales, conocer a los hermanos, enamorarnos de la iglesia y compartir el maravilloso amor de Dios con otras personas, ¿difícil? ¡No, todo lo contrario! Lo que nos toca es vencer la timidez y abrir la puerta de nuestro corazón a la fraternidad cristiana.

Miguel A. Bardales

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Sobre Pastor Carlos Vargas Valdez

Es esposo de la mejor mujer, padre de 2 hijos maravillosos, pastor de jóvenes y director de Desafío Joven. En los últimos 12 años ha trabajado con jóvenes, padres y líderes juveniles. Estudio en Rhema Bible Training Center. Su servicio con la palabra de Dios se ha extendido por más de 27 países en 13 idiomas. Es director ejecutivo y consultor de varios ministerios cristianos, desarrollando conferencias, cursos bíblicos, libros, estudios, devocionales, vídeos y recursos para la vida espiritual.

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