piezas-del-tesoro

“Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lucas 12:34).

 

Una pequeña niña oyó, por muchas veces, de una vieja pareja sin hijos, que si ella quisiese ir a vivir con ellos, tendría todo cuanto anhelase: un caballo con carruaje, piano y cualquiera otra cosa.  Un día, cuando la pareja demostró insistencia, su padre le habló: “¿Usted no cree que sería mejor ir con ellosí” La niña miró a él asustada y empezó a llorar.  “¿por qué, papá?  ¿Usted no me quiere másí”

“Sí”, él contestó, “pero no puedo darle muchas cosas.  Ellos le darán todo de bueno”.  “¡Pero yo no lo tendría usted!” dijo ella mientras lo abrazaba.

 

¡Cómo hacemos planes y ansiamos por tantas cosas!  Anhelamos un carro nuevo, un apartamento mayor y más confortable, ropas finas, viajes y todo lo más que cuesta caro.  Parece ser todo eso la razón de la dicha que nos falta.  Pero podemos tener algo mucho más valioso, aun faltandonos dinero, y que nos hará mucha más felices: la presencia y el abrazo de nuestro Padre celestial.

 

Los tesoros de la tierra pueden ser muy buenos y hasta traer un regocijo a nuestras almas.  Pero tienen un tiempo determinado.  No nos garantizarán alegría para siempre.  Un día acabarán, y la pregunta qué debemos hacer es: “¿Y despuésí”

 

Estar al lado de nuestro Padre nos traerá una alegría que no depende de circunstancias y ni de dinero.  Podemos ser pobres o ricos, podemos morar en una casa en la playa o en un pequeño conjugado en el arrabal.  Es el nuestro tesoro, Es nuestra fuerza delante de las batallas, es el compañero en las largas jornadas, Es la dicha que el dinero no puede comprar, Es el camino para nuestra vida abundante y eterna.

 

A su lado debemos siempre cantar: “Él es todo pa’ mí, Él es todo pa’ mí.  Es el tesoro que tengo, guardado en mi pecho, Es todo pa’ mí”

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