Sábado 06 de Agosto del 2005

 

 

Efesios 2:3-5

Éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).

 

 

Contaminación

Sin dejar de extasiarse ante el desarrollo económico de China, el Banco Mundial se alarma ante la contaminación galopante de ese país. Por no respetar las normas internacionales, las enfermedades pulmonares matan proporcionalmente cinco veces más personas que en los países que controlan severamente la contaminación del medio ambiente.


Con pocas diferencias, el problema es universal. Poco a poco los hombres de hoy se están intoxicando con los escapes de gas, el tabaco, el alcohol y muchos otros venenos.
Pero, ¿no intoxicamos también nuestras mentes con lecturas malsanas, filmes nocivos y violentos, preocupaciones mantenidas y aumentadas, celos, envidias, odios y deseos de venganza?


Para poder vivir plenamente felices es necesario desintoxicar tanto nuestra alma como nuestro cuerpo. Pero triste y dolorosamente constatamos que en este sentido es imposible que uno se desintoxique por sí mismo. Somos demasiado débiles y vulnerables para emprender esa lucha.
Además –confesémoslo– estamos poco dispuestos a hacerlo. Sin embargo Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a este mundo, murió en la cruz y resucitó para que esta obra de purificación, sin la cual no podríamos vivir plenamente felices, fuera posible.


Lo prometió: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

 

 

 

Domingo 07 de Agosto del 2005

 

 

Hebreos 12. 3

Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo.

 

Consideradle

En el día del Señor, nosotros los creyentes podemos reunirnos para adorar a nuestro “gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2. 13) ya que Jesús, en su infinito amor, cumplió con perfecta obediencia la penosa obra de la redención en la cruz del Calvario.

 

A través de la lectura de algunos pasajes bíblicos, vemos cómo el más grande adversario. Podemos detenernos ante el enorme valor de su sangre, la cual es suficiente para expiar una vez para siempre todos nuestros pecados (Hebreos 10.12-14).

 

Reconocemos el valor de que el único hombre “santo, inocente, sin mancha” muriera por nosotros, seres pecadores (Hebreos 7. 26; 2 Corintios 5. 21). En efecto, “fue necesario que el Cristo padeciese” (Lucas 24. 46), que muriera como nuestro sustituto y que por medio de su sacrificio obrara la gran salvación a favor de todo aquel que la acepta.

 

Lo consideramos también colgado en el madero de maldición, menospreciado por todos y coronado de espinas a modo de burla. Pero después de cumplida su obra fue exaltado, coronado de honra y de gloria triunfal, y ensalzado “a la diestra del poder de Dios” (Mateo 26.64). ¿Podemos permanecer indiferentesí ¿No nos sentimos impelidos a unir nuestras voces al coro de alabanzas que entonó el apóstol Juan? “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1. 5-6).

 

 

 

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