¡Aleluya! Siervos del Señor, alaben su nombre. ¡Bendito sea ahora y siempre el nombre del Señor! ¡Alabado sea el nombre del Señor del oriente al occidente! El Señor está por encima de las naciones; su gloria está por encima del cielo. Nadie es comparable al Señor nuestro Dios, que reina allá en lo alto (Salmo 113,1 – 5).

 

Jesús inicia su predicación anunciando la llegada del Reino (Marcos 1,15). Interpela al mundo con la necesidad de la conversión. Recluta a sus primeros seguidores. Reino, conversión y llamada, son realidades inseparables que desde entonces vivimos en la Iglesia. Desde que Cristo nace se ha cumplido el tiempo. Dios interviene en la historia del hombre fundando su Reino en el corazón de cada discípulo. Y desde entonces hasta hoy el mensaje no ha sido otro sino la preparación para la llegada definitiva del Reino de Dios. Para ello se ha querido valer de tantas almas consagradas a su servicio y dedicados al apostolado, a la educación o a las misiones en tierras lejanas. Todos ellos han sido la prolongación de las obras de Nuestro Señor. El Señor quita la vida y la da; nos hace bajar al sepulcro y de él nos hace subir. El Señor nos hace pobres o ricos; nos hace caer y nos levanta. (1 Samuel 2,6 – 7).


Pero la hora aún no ha llegado, ni parece venir pronto. Es obvio que no conoceremos el día ni la hora del final de los tiempos. Y por eso mismo, es necesario vivir preparados. Debemos entender, que cuando Cristo proclama el Reino, como un tiempo cumplido, se trata igualmente del tiempo concedido a cada uno de nosotros. El tiempo de nuestra vida, en la que debemos obrar siempre el bien. Pero no un bien ideal. El bien que tiene el rostro de cuantos nos rodean: hermanos, amigos, hijos, esposos, empleados y compañeros de trabajo; pobres y enfermos. Darse a sí mismo para procurar el bien de los demás. De esto se nos pedirán cuentas al final de nuestra vida.
Que nadie hable con orgullo, que nadie se jacte demasiado, porque el Señor es el Dios que todo lo sabe, y él pesa y juzga lo que hace el hombre. (1 Samuel 2,3).

El evangelio nos muestra a Cristo como el Maestro poderoso, con total autoridad

(Marcos 1,22). La palabra de Jesús es poderosa y eficaz, no solo instruye sino que sana y libera. Es por ello que la lectura asidua de la Escritura ayuda no solo a conocer a Jesús y su doctrina sino que ejerce un poderoso influjo en nuestra salud espiritual (en ocasiones incluso física) liberándonos de ataduras y frustraciones. Su autoridad va más allá incluso de lo que sus contemporáneos pudieran pensar, pues no es un rabí cualquiera que sólo cargaban al pueblo con los preceptos de la ley, es el Hijo de Dios; y no sólo porque enseña en la sinagoga, como lo hacían en sus tiempos tantos otros judíos piadosos, sino porque va a obrar tantos prodigios. Cristo es el hombre más impactante que haya conocido la humanidad en toda su historia. De Él se ha escrito, muchísimo más que de cualquier otro tema. Su vida y sus milagros han sido admirados o negados, creídos o refutados durante los veinte siglos que le han seguido; su persona se plantea como el máximo representante de cuantos han sabido remar contra corriente. ¡Nadie es santo como tú, Señor! ¡Nadie protege como tú, Dios nuestro! ¡Nadie hay fuera de ti! (1 Samuel 2,2).

Cristo sigue interpelando al hombre de todos los tiempos, para que se coloque con él, o contra él; no hay más posiciones. Y siempre tendremos que decidir: Cristo o nuestro egoísmo. Cristo o nuestra sensualidad. Jesús mismo hablaba de que no se puede servir a dos señores. Vemos que no es fácil mantenerse fiel a las enseñanzas del Maestro, y que por más buenas intenciones que tenemos en hacer el bien y ayudar a los demás, no siempre conquistamos nuestras metas. Sin embargo no tenemos que amilanarnos, hay que confiar y pedir a Cristo la fuerza para dar la cara por Él y por su Reino, del mismo modo que Él dio la vida por nosotros.

 

¡¡¡Jesús, Señor mío, que tienes toda autoridad en el reino de Dios, a Tí elevamos los ojos y seguimos buscando el poder de tu palabra y tus obras en nuestra vida. Ayúdanos a poner atención y vivir bajo tu autoridad!!!

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Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre

Dios te mire con amor y te conceda la paz.

Juan Alberto Llaguno Betancourt

Lima – Perú – SurAmérica


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