Si tu ley no hubiese sido mi delicia,ya en mi aflicción hubiera perecido.Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos,porque con ellos me has vivificado.Tuyo soy yo, sálvame.Salmo 119:92-94. 

La Biblia de su madre

Era agosto de 1944. Una larga fila de prisioneros políticos llegó a la entrada del campo de concentración donde tenían que despojarse rápidamente de toda la ropa y objetos personales y entrar en el recinto con el uniforme grisáceo.

Entre ellos se hallaba un prisionero que quería salvar la Biblia que su madre le había dado el día de su partida. El policía lo miró. El hombre apretó su Biblia en sus manos cruzadas detrás de su espalda. Dio su nombre, su edad y su dirección. Se le ordenó que firmase. Tranquilamente el prisionero puso la Biblia en la mesa e hizo lo que se le ordenó. El oficial tomó el libro y con aire interrogante miró al detenido, quien murmuró: -Es la Biblia de mi madre. Levantando los hombros, el guardia le devolvió el libro.

¿Por qué quería salvar ese libro? Ante todo para tener en su soledad un recuerdo de su madre. Atormentado por el hambre, el frío y los malos tratos, se puso a leer el libro. Esta lectura lo consolaba y lo alentaba. Él escribió: «Me acuerdo del día en que Dios se reveló a mí por medio de este texto: “En ti, oh Señor, he confiado; no sea yo confundido jamás; líbrame en tu justicia” (Salmo 31:1).

Me puse a orar como nunca lo había hecho. Clamé a Dios confesándole mi miseria, y él oyó mi voz. Como Dios es fiel me respondió. En su Palabra descubrí su amor revelado por Jesús. Sí, Jesús murió para que los hombres fueran salvos, para que yo fuera salvo».

DEJA TU OPINIÓN

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí