Si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella,éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.Santiago 1:23-24.

 

¡Espejo, dime!…

 

En la mañana, al levantarme, el espejo es uno de los primeros objetos a los que me acerco. Mientras me peino, y antes de tener contacto con quienquiera que sea, él me devuelve mi propia imagen. Me dirá si mi cuello está bien puesto o si mi cabello está correctamente peinado.

La Biblia, que es la Palabra de Dios, puede compararse con un espejo. Es esencial mirarse en ella. Me informa poco acerca de mi aspecto exterior, pero mucho acerca del interior. Asimismo, como el espejo me dice la verdad y no perdona el mínimo defecto de mi cara, la Palabra de Dios me dirá lo que soy, sin halagarme. Me desalentaría si ella me presentara sólo esto. Pero junto con la triste imagen de mi estado interior de criatura culpable, alejada de Dios, también me da otra visión: me hace descubrir la perfecta imagen de Jesucristo, quien respondió judicialmente a toda mi miseria interior al morir en la cruz.

Esta obra no es un maquillaje de base profesionalmente aplicado que disimularía una triste realidad. Al contrario, es un cambio radical que me libera de toda condenación y que hace que Dios me vea perfecto en Cristo, al vestirme con su justicia. En un mundo en el que es tan importante ocuparse de la apariencia exterior, ocupémonos de la realidad interior, que es la que cuenta para Dios. El espejo de la Palabra de Dios le ayudará a hacerlo.

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