Jueves 25 de Agosto del 2005

 

 

Hebreos 11:24-25, 27

Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible.

 

Ramsés II

 

 

 

 

Más de tres milenios después de su muerte, aún se puede ver su rostro (algunos restos disecados de una momia) en el museo del Cairo. Célebre entre los faraones de Egipto, Ramsés II fue un constructor de monumentos grandiosos. Sin embargo ese hombre, honrado como un dios, parecía no estar satisfecho. Para parecer todavía más grande no vacilaba en sellar con su nombre las obras de sus predecesores.

Tal vez fue el Faraón que prohijó a Moisés. ¡Cuán conmovedor es pensar en ello, al observar su momia con su piel estirada y deshecha! Moisés no hizo nada para que su propio cuerpo fuera conservado. Nadie sabe dónde fue enterrado. En cambio, generaciones de creyentes han leído sus escritos inspirados, los cinco primeros libros de la Biblia.

Ramsés II frente a Moisés: por un lado, el edificador de monumentos, por el otro, el hombre que enseñaba la ley de Dios. Por un lado, el poder del hombre; por el otro, el poder de la fe. Moisés habría podido permanecer en la corte del Faraón, pero dejó los honores del mundo, a menudo ligados a la mentira y a la injusticia, para encontrar a Dios y servir a su pueblo.
Y nosotros, los cristianos, ¿buscamos aún la gloria del mundo? ¿O hemos decidido escuchar al Señor Jesús y vivir en su compañía, apegándonos a los verdaderos valores que nunca pasarán?

 

 

 

 

 

 

© Ediciones Bíblicas “La Buena Semilla 1166 PERROY (Suiza)

 

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