Mientras callé, se envejecieron mis huesosí

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor;
y tú perdonaste la maldad de mi pecado.Salmo 32:3-5.


Conciencia intranquila

 

En el año 1975 un banco fue asaltado en la pequeña ciudad de Xanten (Alemania). Se trató de un robo a mano armada que se saldó con la muerte de un rehén. Pese a todos sus esfuerzos, la policía no consiguió hallar rastros del culpable y poco a poco el asunto quedó en el olvido.

Sin embargo, alguien no podía olvidarlo: el autor del robo. El dinero no lo hizo feliz; al contrario, no había podido deshacerse de los reproches de su conciencia. Exactamente trece años y dos días después del asalto al banco, el culpable se puso en contacto con la justicia. El hombre, de 32 años de edad, llamó por teléfono a la policía en Xanten y confesó su crimen. Declaró que quería «limpiar el plato», pues estaba enfermo de cáncer y no podía descansar a causa de ese asunto.

Aun cuando no hayan asaltado un banco ni matado a nadie, quizás en la vida de «personas decentes» también haya horas negras que preferirían no recordar. Los pecados del pasado pueden roer la conciencia, generalmente cuando menos lo deseamos. Sin embargo, alegrémonos cuando nuestra conciencia se despierte y nos recuerde que hay cosas que no podemos cancelar por nuestra cuenta. ¿Existe, pues, alguien que puede acabar con ellasí Sí, el Único que puede hacerlo verdaderamente es el Señor Jesús. Sólo él quiere y puede quitar la culpa de la vida de cada uno de nosotros, si se lo pedimos. Luego será necesario ir a la policía si hay algo que arreglar con la sociedad.

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