No ruego solamente por éstos,sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,
para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti,que también ellos sean uno en nosotros.
Juan 17:20-21.

 

 

La familia de Dios (2)
En esta oración a su Padre (Juan 17:20-21), el Señor Jesús no sólo pensó en los apóstoles que estaban con él, sino también en todos aquellos que más tarde creerían en él. Su deseo es que “todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti”. Aquí él habla de la unidad de la familia de Dios. ¿Cómo se forma? Todo ser humano que cree en el Señor Jesús recibe la vida eterna y así entra en la familia de Dios.

Este maravilloso hecho no queda sin resultado. A ese respecto está escrito acerca de los primeros cristianos: “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas”. “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hechos 2:44; 4:32). Personas de origen diferente y de distintas posiciones sociales tenían, de repente, los mismos intereses, se amaban y se apreciaban unas a otras. ¿A qué se debía esto? A que todos tenían la misma vida y naturaleza. Por eso tenían un mismo tema principal: la persona del Señor Jesús, quien era su común Salvador y Dios el Padre, de quien eran los hijos.

¿Y hoy en día? Los cristianos que son verdaderos creyentes también poseen la misma vida divina. Por eso, cuando los hijos de Dios se encuentran, aunque no se conozcan, pueden regocijarse en su común Salvador y en su Padre celestial, formando parte de la misma familia.

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