El sacerdocio nuevo y excepcional de Cristo ha hecho surgir una ley nueva y una alianza nueva también. Una alianza que reemplazaría la antigua habría sido anunciado ya en el A. T. (Jeremías 31,31 – 34) y fue expuesta por el autor de la carta a los Hebreos (8,8 – 12), diciéndonos así que si los profetas miraron hacia el futuro, hacia un alianza ideal y perfecta porque se dieron cuenta de la insuficiencia de la alianza antigua, sería ilógico que nosotros continuásemos mirando hacia el pasado, a lo insuficiente e imperfecto, cuando ya ha sido hecha realidad la antigua promesa.

 

La experiencia de la alianza antigua fue negativa. En ella el hombre no obedeció a Dios. Consiguientemente el Señor se alejó del hombre. ¿Por qué ocurrió esto? Sencillamente porque las exigencias de la voluntad divina le fueron impuestas al hombre desde fuera. No era un principio interno que determinase al hombre en su actuación.

 

La nueva alianza fundamenta las relaciones entre el hombre y Dios en una base completamente distinta, una base nueva que no quiere decir una ética nueva, ya que los preceptos divinos son inalterables. La base nueva consiste en el nuevo principio determinante de la alianza, el principio de la presencia operante de Dios en el corazón humano, gracia que no es simplemente normativo desde el exterior sino creador de la fuerza necesaria en el interior mismo del hombre para que puedan ser cumplidas y obedecidas con gozo las exigencias de la alianza. Principio de intimidad, de amistad, gracias al cual las relaciones del hombre con Dios y del hombre con el hombre se hacen posibles, humanas, cordiales. Basadas en un conocimiento amoroso de Dios.

 

¿Cómo puede lograrse una alianza basada en principio tan distinto, un principio que al mismo tiempo humaniza y diviniza? Esto no puede ser iniciativa del hombre ni, mucho menos, puede ser obra y realización del hombre. Esto será posible solamente gracias a la misericordia de Dios que perdona los pecados del hombre. El fundamento último de esta nueva relación con Dios está, por tanto, en la voluntad de perdón, de misericordia y de gracia, que Dios, generosamente, gratuitamente, ofrece al hombre.

 

Así como cada construcción en el mundo tiene sus cimientos, como ninguna casa puede mantenerse en pie sin fundamentos sólidos, como antes de iniciar una construcción hay que cavar lo más profundo posible para poner una base sólida, así mismo quiere hacer Cristo. Su misión es salvar a la humanidad, pero sabe que con una vida tan corta no lo puede hacer. Por eso decide edificar una ciudad, en la que puedan encontrarle en cualquier momento del día. Por eso, después de una noche de oración en diálogo personal con su Padre (Lucas 6,12) pone los primeros fundamentos a su proyecto. Allí están: Son doce apóstoles que lo acompañarán y anunciarán la Palabra (Marcos 3,13 – 19).

 

Las características del sacerdocio que en Cristo alcanzan una plenitud única (Hebreos 8,1 – 2) se verifican igualmente en cada uno de los apóstoles: presencia interior del Espíritu, conocimiento de la voluntad del Padre capaz de perdonarlos, libertad frente a las tablas exteriores de la ley, etc. Lo que el antiguo sacerdocio decididamente vetusto (Hebreos 8,13) no podía transmitir a los fieles, Cristo es capaz de comunicarlo y en este sentido su ministerio es una mediación extraordinaria.

 

¿Queremos ser discípulos de Jesúsí Nuestra respuesta se medirá por el deseo que tengamos de dedicar tiempo y energía a seguir a Nuestro Señor. Mientras pasamos tiempo en la presencia de Dios y servimos a los demás, a los que sufren, a los necesitados, hemos de crecer en el entendimiento del amor de Dios para todos y de la misión que nos encarga de ser embajadores de Cristo. Con la autoridad que Él nos comunica para predicar la buena nueva y actuar eficazmente contra las fuerzas de la oscuridad y el mal, podremos hablar acerca del Señor para que muchos más lo reciban. Nosotros pertenecemos al Nuevo Testamento, a la Nueva Alianza, nuestra fe es interior, escrita en el corazón, no seguimos con la tentación de lo meramente exterior y ritualista, como los israelitas del Antiguo Testamento, no cedemos al cansancio o a la añoranza, como los lectores de esta carta, a los que insistentemente hay que recordarles que Dios espera fieles más perseverantes para con su Alianza.

 

¡¡¡Padre eterno, con los apóstoles compartimos una herencia común de unidad por medio de la fe en Jesucristo, tu Hijo amado. Permite que también seamos compañeros suyos y colaboradores en la propagación del Evangelio!!!

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Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre

Dios te mire con amor y te conceda la paz.

Protejamos nuestra Biodiversidad y el Medio Ambiente
Juan Alberto Llaguno Betancourt
Lima – Perú – SurAmérica


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