"Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendría a ustedes; en cambio, si me voy se lo enviaré a ustedes." Juan 16:7

El Espíritu Santo es el Consolador que Jesús dejo en la Tierra para nosotros.  Trae consuelo y alivio a nuestras almas sedientas del amor de Dios.  El Espíritu Santo vive en nuestros corazones.  Conoce todo nuestro interior.  Conoce nuestros sentimientos, nuestros temores y angustias.

Con su ministración el Espíritu Santo se encarga de acercarnos más a Dios cada día.  Fortalece nuestras almas en medio de la angustia y de la desesperación.
Nos redarguye cuando hemos actuado mal.  Y nos conduce a toda verdad y a toda justicia.

En medio de su ministración nos hace llorar de alegría y reírnos en medio de la angustia.  Mueve los cimientos de nuestras almas para que dejemos las inhibiciones humanas y aceptemos los designios de Dios.

Cuan maravilloso es llorar en su presencia.  Sentir que cada lágrima derramada es recogida por la mano poderosa de Dios.  Cuan grandioso es sentir ese gozo y paz en medio de la angustia.  Los cuales nos hacen sentirnos confiados y seguros en la presencia de Dios.
Nada se iguala a sentir los ríos de agua viva que recorren nuestro ser.  Es como sentir que una catarata de aguas cristalinas entran por tu cabeza y van limpiando toda tu alma y purificando tu corazón.

Únete a mi esta mañana y cantémosle al Espíritu Santo:
"Fluye Espíritu, fluye.  Haz lo que tengas que hacer.
Yo me entrego para que me uses como quieras, fluye Espíritu."

Dios les Bendiga.

Carlos Morales


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