Devocional Orando Para que Llueva 

 

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.  Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:43-45).

 

Una mujer de edad, piadosa pero muy malhumorada, perdió la parte de los anuncios de la iglesia al final de semana.  Ella se quedó muy aburrida cuando descubrió que nadie a avisara que sería en aquella semana la gira de la iglesia.  En la mañana del evento alguien percibió el olvido y comunicó al pastor.  Éste llamo para la casa de ella.  “Yo lo siento porque hemos olvidado de avisarle de nuestra gira”, habló el pastor.  No tiene ninguna importancia ahora”, dijo la señora.

 

“Yo ¡he orado para que LLUEVA!”

 

Muchas veces perdemos nuestra grande bendición porque en vez de busquemos las maravillas de Dios para nuestra vida, estamos preocupados en desquites y venganzas contra aquello que otros nos hacen.  Continuamos con la enseñanza del “ojo por ojo y diente por diente”.  Pero no es ése la enseñanza del Señor y ni su voluntad para Sus hijos.

 

Dios es amor y anhela que nuestras actitudes sean basadas en el amor.  Mejor que odiar es amar; mejor que la venganza es el perdón; mejor que atacar a los que nos hacen mal es extenderles la mano diciendo: “Puede contar conmigo para lo que sea posible”.  Ésa es la forma del cristiano actuar.  Solo así el brillo del Señor será visto en nuestro rostro y el nombre de nuestro Dios será engrandecido.

 

El corazón de Dios se entristece cuando un hijo Suyo anhela el mal a su prójimo.  Y más de lo que triste, el Señor se queda avergonzado cuando un cristiano ora pidiendo que todo dé equivocado para aquéllos de quien no se gusta.  El deseo del Señor es que intercedamos por ellos, que les anhelemos las bendiciones de los Cielos, que se arrepientan y dejen a Dios hacer grandes cosas también en sus corazones.

 

Un alma vale más de lo que el mundo entero.  Nos Debemos alegrar cuando un pecador se arrepiente, cuando un perdido encuentra el Camino, cuando alguien que  hacía mal es transformado y se vuelve un bendito hijo de Dios.

 

¿Usted aún ora para que llueva sobre la alegría de su prójimo?