La Lucha contra el mal Jesus y el enemigo Lucha contra el mal

Señor, siempre diré en mi canto que tú eres bondadoso; constantemente contaré que tú eres fiel. Proclamaré que tu amor es eterno; que tu fidelidad es invariable, invariable como el mismo cielo (Salmo 89,1 – 2).
Los principales enemigos del proyecto de Jesús eran los dirigentes del pueblo. Para ellos Jesús se constituía en una amenaza, pues sus principios revolucionaban el sistema social existente. Jesús relativizaba aquello que era la fuente de la economía y de las ventajas religiosas. Él sostenía el valor relativo de la ley en contraposición al valor superior de la dignidad humana, y defendía el valor relativo de las mediaciones religiosas (limosna, ayuno, rezos, purificaciones, sacrificios, etc.) en contraposición al verdadero culto que era la justicia interior y exterior. Por eso sus enemigos, los dirigentes religiosos, buscaban desacreditarlo ante el pueblo. La estrategia utilizada era la de satanizar a Jesús. Satanizar a alguien significa hacerlo igual a Satanás, demostrar que su proyecto es igual al del Maligno. El modo de satanizar a Jesús era sencillo:demostrar que los milagros que hacía no eran expresión de justicia, sino simplemente artificios logrados por su conexión con Beelzebú. De esta manera desacreditando sus obras desacreditaban su doctrina, y hecho esto era fácil condenar a muerte a un amigo del Maligno.
¡Ningún dios, nadie en el cielo puede compararse a ti, Señor! (Salmo 89,6).
Los familiares decían que no estaba en sus cabales (Marcos 3,21), pero la acusación de los letrados que vienen desde Jerusalén (los de la capital siempre saben mucho más) (Marcos 3,22) es un brillante absurdo que Jesús tarda apenas un momento en ridiculizar. ¿Cómo puede nadie luchar contra si mismo? ¿Cómo puede ser uno endemoniado y a la vez exorcista, expulsador de demoniosí
Señor, Dios todopoderoso, todo el poder es tuyo y la verdad te rodea; no hay nadie igual a ti (Salmo 89,8).
Lo que está en juego es la lucha entre el espíritu del mal y el del bien. La victoria de Jesús, arrojando al demonio de los posesos, debe ser interpretada como la señal de que ya ha llegado el que va a triunfar del mal, el Mesías, el que es más fuerte que el malo. Pero sus enemigos no están dispuestos a reconocerlo. Por eso merecen el durísimo ataque de Jesús: lo que hacen es una blasfemia contra el Espíritu (Marcos 3,29). No se les puede perdonar. Pecar contra el Espíritu significa negar lo que es evidente, negar la luz, taparse los ojos para no ver. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Por eso, mientras les dure esta actitud obstinada y esta ceguera voluntaria, ellos mismos se excluyen del perdón y del Reino. Los intereses personales e institucionales pueden llegar a pervertir la conciencia. Y cuando la conciencia se pervierte, el poder del mal se multiplica y se hace casi imparable. Cuando la conciencia pervertida es la de los dirigentes, pueden llevar al pueblo a las calamidades mayores de la historia.
Oh Señor, feliz el pueblo que sabe alabarte con alegría y camina alumbrado por tu luz, que en tu nombre se alegra todo el tiempo y se entusiasma por tu rectitud(Salmo 89,15 – 16).
Nosotros no somos ciertamente de los que niegan a Jesús, o le tildan de loco o de fanático o de aliado del demonio. Al contrario, no sólo creemos en él, sino que le seguimos y vamos meditando su Palabra iluminadora. Nosotros sí sabemos que ha llegado el Reino y que Jesús es el más fuerte y nos ayuda en nuestra lucha contra el mal. Pero también podríamos preguntarnos si alguna vez nos obstinamos en no ver todo lo que tendríamos que ver, en el evangelio o en los signos de los tiempos que vivimos. No será por maldad o por ceguera voluntaria, pero sí puede ser por pereza o por un deseo casi instintivo de no comprometernos demasiado si llegamos a ver todo lo que Cristo nos está diciendo y pidiendo. Tampoco estaría mal que nos examináramos un momento para preguntarnos si nos parecemos algo a esos letrados del evangelio: ¿no tenemos una cierta tendencia a juzgar drásticamente a los que no piensan como nosotros, en la vida de familia, o en la comunidad, o en la Iglesia? No llegaremos a creer que están fuera de sus cabales o poseídos por el demonio, pero sí es posible que les cataloguemos como pobres personas, sin querer apreciar ningún valor en ellos, aunque lo tengan.
¡Nuestro escudo es el Señor! ¡Nuestro Rey es el Santo de Israel(Salmo 89,18).
Somos invitados a luchar contra el mal. En esta lucha a veces vence el Malo, como en el Génesis sobre Adán y Eva. Pero ya entonces sonó la promesa de la enemistad con otro más fuerte. El más fuerte ya ha venido, es Cristo Jesús, el que entró en el santuario del cielo, no en un templo humano, de una vez por todas porque se entregó a sí mismo y no sangre ajena. A nosotros, sus seguidores, se nos invita a no quedarnos indiferentes y perezosos, sino a resistir y trabajar contra todo mal que hay en nosotros y en el mundo.
¡¡¡Señor Jesús, yo también me siento atribulado por dudas, temores y prejuicios, como algunos de los que te conocieron. Tú que eres mi Señor y Salvador envíame a tu Espíritu Santo para conocerte más profundamente y así cederte mi vida completamente!!!
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Que el Padre Dios te bendiga y te proteja, te mire con agrado y te muestre su bondad. Que el Padre
Dios te mire con amor y te conceda la paz.

 

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Juan Alberto Llaguno Betancourt
Lima – Perú – SurAmérica