La mujer samaritana se ocupaba de sus propios asuntos cuando tuvo un encuentro con Jesús. Él le pidió agua, y ella le dijo que los judíos no trataban con los samaritanos. Jesús le habló del agua viva en la que no volvería a tener sed. Ella pidió esta agua, y Jesús le dijo que fuera a buscar a su esposo. Jesús le dijo que ella contestó correctamente porque tenía cinco maridos y el que estaba con ella no era su marido.

Juan 4:16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá

La mujer samaritana no era la única persona en ese día que luchaba con sus relaciones; sin embargo, ella era la que Jesús escogió para revelarse en esa ciudad. Ella pudo haber sido una marginada por sus elecciones, pero Jesús supo e hizo un camino para que ella lo conociera.

Jesús la conocía desde antes de que ella estuviera en el pozo porque nada se le ocultaba a su vista. Él le hizo la pregunta sobre su marido porque necesitaba decir la verdad. Al igual que ella, nuestros pecados ocultos no están escondidos a Dios. Él lo ve todo y anhela que nos limpiemos de nosotros mismos y del pecado.

Dios lo sabe, y no se da por vencido con los que ama. Él hará todo lo que sea necesario para llevarnos de vuelta al lugar donde pertenecemos. Dios conoce y sabe, pero al igual que Jesús con la mujer samaritana, no está buscando una oportunidad para darnos una paliza vergonzosa. Él anhela que vayamos al lugar del arrepentimiento y confiemos en Él para tener la fuerza de vencer nuestras debilidades.

El testimonio de la mujer llevó a muchos samaritanos a conocer a Jesús. Al igual que la mujer samaritana, podemos ser curados, liberados y usados por Dios para atraer a muchos a Jesús cuando estamos dispuestos a decirle la verdad. No olvides que Dios ya lo sabe.

ORACIÓN
Amado Señor, Tú me conoces. Tú sabes que mi corazón anhela conocerte y complacerte más cada día. Dame la fuerza para caminar en verdad en mi vida. En el nombre de Jesús, amén.

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